octubre de 2004 

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Orlando Mario Punzi
Poemas de El balero de lata

 

 

Orlando Mario Punzi nació en Buenos Aires, en pleno Villa Crespo, en 1914, y mientras estaba naciendo unos forajidos mataban a su padre en un pueblito de provincia donde se desempeñaba como jefe de estación. Orlando tuvo que ayudar a los suyos: vendió diarios en la esquina de Triunvirato y Dorrego sin abandonar la escuela ni sus estudios secundarios.

Punzi fue, y es, un estudioso fuera de serie que terminó la Escuela Normal y se inscribió en el Colegio Militar. En 1945 se diplomó de ingeniero militar, y más tarde, de abogado civil. Alcanzó el grado de coronel y fue profesor de topografía, en el Colegio Militar, profesor de análisis matemático, organizador del nuevo laboratorio químico del Ejército, profesor de la Escuela de Policía y escalador del Aconcagua, cuya historia escribió, texto único en la literatura de montaña citado en las enciclopedias.

Pero Punzi es, a juicio de César Tiempo, fundamentalmente un poeta. Una corazonada le impulsó a presentarse al Concurso de la Fundación Argentina para la Poesía, cuyo gran premio obtuvo por unanimidad.

Dijo de él César Tiempo: “Lo curioso —y notable— es que puede escribir en el más lúcido e iridiscente español y en lunfardo, esa habla de extramuros, erizada de púas, como obedeciendo a un imperativo de esencialidad. La suya no es una pose. Es una necesidad ineludible.

Entre sus obras se pueden citar, en poesía: Las crines de bronce (1966); El gorrión y la luna (1977); La rosa de cristal (1978); El balero de lata (1981); Poemas para la voz ausente (1982); El conventillo de los catorce pájaros (1986); El dos de copas (1988); Los caballos de niebla (1990); La barra de oro (1992); Siete segundos y la Eternidad (1993); La Tierra Encendida (1998).

En prosa: Historia del Aconcagua (1953); Historia de la Xª Brigada de Infantería (1967); San Martín, el primer montañés de América (1978), Mendoza; El camino de los Patos; Itinerarios de la Poesía Popular Argentina (1978); Historia del Desierto (1983); La tragedia patagónica (1985); La Argentina en la época de Gardel (1986); Poetas del lunfardo (1987).

En ensayos históricos: El camino de los Patos (1978); Las campañas al desierto (1979); Moreno periodista (1979); Historia de la Conquista del Chaco (1997).

También compuso canciones, como: Zamba La Cuartelera (1950), con Andrés Chazarreta; Tango para un gorrión (1983), con Ernesto Baffa y Roberto Camilo Vallejos; Madrugada porteña (1984), con José Libertella; Milonga de los cuchillos (1987), con Raúl Garello; Cuento (1990), Reverso (1990), Sueños (1997) y La noche (2000), con Carlos García.

Distinciones: Medalla de Plata nº1 al Poeta del Lunfardo; Académico de Número de la Academia Porteña del Lunfardo; Comendador de la Orden a los Servicios Distinguidos, por el Ejército Argentino; Pluma de Plata del Pen Club Internacional; Premio Gran Cruz Kennedy, otorgado por la Universidad Argentina “John F. Kennedy”; Socio Honorario de la SADE; Primer Premio por “Tríptico Manchego”, por Acción Cultural Miguel de Cervantes, Barcelona.

Fue invitado por la Asociación de Escritores Soviéticos a visitar Rusia (1987), y por los poetas cubanos a integrar el Grupo Iberoamericano de la Décima “Espinel Cucalambé”, Cuba. 

   

 

AUTOBIOGRAFÍA

Me crié entre macetas y dos patios tan chicos
que en los dedos los soles se me hacían añicos,
ya que desde el rebote de la alta medianera
la luz filtraba gotas al tamiz de la higuera.
Y el cielo parcelado de las casas vecinas
—de patios con parrales o hiedras o glicinas—
me daban su rectángulo brillante con el tema
de los vellones húmedos del humo de la quema.
Y había dos naranjos tan enclenques los pobres
que pergeñaban frutas chiquitas como cobres,
y enredaderas grises en la pared rajada
y tarros con helechos sobre la balaustrada,
y árboles de duraznos (o tal vez de limones)
sombreando de penumbra los húmedos rincones,
de troncos retorcidos, nudosos, imperfectos,
para festín de pestes, de pulgones, de insectos.

Pero también teníamos un cuadro de colores
que pintaban el aire, las plantas y las flores:
de entrada el jazminero que trajeron de Italia,
y allí nomás el rostro rotundo de la dalia,
y unos rosales blancos y amarillos y rojos,
y unas calas de nieve que llenaban los ojos,
y crecían malvones de púrpuras detalles
entre la tierra gorda de abono de las calles.

E integrando la escena del bosque imaginario
pendía del alambre la jaula del canario,
que cantaba de bronca, de cansado, de triste.
Y algún gorrión malevo le comía el alpiste.

Al frente, bajo chapas requemadas de siestas,
el gallinero urgía su rebaño de crestas,
y haciéndose el felino —rey del asesinato—
espiaba los pollitos el infaltable gato,
donjuán en la nocturna farándula del techo,
terror de los lauchones de las bolsas de afrecho.

Afuera, umbral por medio, los recios veredones,
las casas desparejas, los agrestes telones
de las quintas, las plazas, los huecos, el baldío
con dos o tres linyeras y un picado bravío,
y unas rabonas plenas de mixtos y alfalfares
que ondulaban al viento como si fuesen mares.
Unas puertas macizas —paraíso prohibido—
me hurtaban la vereda: la libertad y el ruido,
y de arriba, blandiendo flamígeros estoques
el verano venía carcomiendo revoques,
o quizá decorando con alardes de artista
la solitaria pieza del tío socialista,
o bien administrando súbitos chaparrones
que tapaban rejillas y anegaban cordones.

Atrás, contra los fondos de la carnicería,
pateaban los caballos con plausible porfía
los pisos de adoquines, entre bufidos, hartos
de cinchas, de rebenques, de tiros, de repartos;
y asomándose apenas escaleras arriba
veíanse las parras a tiro de saliva,
y al fin las rectilíneas covachas del convento
con un tanque y un baño y un perro cachaciento.

Pero estaban las noches con silbidos lejanos
de trenes como flechas y cielos meridianos,
con jazmines del aire que llovían consuelo
sobre los ojos limpios del paternal abuelo,
y entre plátanos verdes un telón con estrellas
que en los barrios humildes parecían más bellas;
y los parques en sombras de empolvados senderos
con parejas furtivas y faroles austeros,
donde las tardes simples pulían los caminos
y acunaban luciérnagas los vahos campesinos.

Claro, también estaban con su ferretería
como moliendo vidrios las trombas del tranvía,
y unos curdas guarangos que ladraban denuestos
y el pito de los canas y los pibes molestos.

Otras veces, con humo de polenta y toscanos,
la pequeña cocina reventaba de tanos,
con su potente risa, rebosantes las copas,
los mostachos mojados de vinos y de sopas,
rostros curtidos, caras hechas a los porrazos
por el clima europeo, y unos fornidos brazos,
y unas manos enormes de amasijar el suelo
de tierra que se abona con sudor y desvelo,
y una piel como arada por las punzantes rejas
del estío, las nieves, las privaciones viejas:
venían de los montes, no sé de qué campaña,
acaso de algún río, tal vez de una montaña,
o de un pueblo perdido detrás de una dehesa.
Y eran buenos y alegres como el pan de la mesa.

En el humilde patio con barriles de mosto
humeaban los ravioles en los quince de agosto:
el invierno bajaba sin más del calendario,
e irrumpía la turba del tío ferroviario
trayéndonos sus bromas, sus chistes, sus jaranas,
y el fresco ramillete de las primas hermanas.
En el mesón de tablas de bordes obsoletos
se alineaba la fila de tortas y de nietos,
mientras en las hornallas de la paz hogareña
bufaban a destajo las cocinas de leña,
y el abuelo ponía su rostro chabacano
y su rústico vino de pata de paisano.

Oh, la simple nostalgia de las horas aquellas,
el humo de los ñoquis y el bosque de botellas.
Oh, manteles de Pascua; oh, claras Navidades
de los tanos soñando con antiguas edades,
cuando desde la parla familiar revivía
la montaña, los pueblos, toda la Lombardía,
y entre el vapor y el tuco de la comida gruesa
veíamos de pronto que estaban en la mesa
—por truco, por prodigio, por magia, por tramoya—
la princesa Mafalda y Humberto de Saboya...

(Me crié entre macetas y dos patios tan chicos
que en los dedos los años se me hicieron añicos).


EL EMBOQUE

Un reloj metafísico camina
rebobinando tiempos, y rescata
mi trompo zumbador, la fogarata,
los chantis, la biyarda saltarina.

Algo se fue —gorrión y golondrina—
con las tardes del fóbal y la rata,
la luz enferma del farol de chata
y el sapo coloquial de la banquina.

La muerte se llevó por la neblina
malevos de facón, pibes en pata,
tipos de lengue, curdas de cantina.

Mas un balero fraternal de lata
recrea toda mi niñez genuina
con un hábil emboque de culata.


ALTA POLÍTICA

Cien pibes en alpargata.
”Formemos un clú, formemos...”
Baldío. Y en los extremos
dos arcos de cuatro latas.
Domingo, calor, bravatas.
Manises, cuzcos, aprestos.
Y uno, con cáusticos gestos
y narices de tucán,
manda:
              —Yo soy capitán,
y distribuyo los puestos.

Vos jugás, vos no jugás
(ordena con desparpajo),
vos arriba, vos abajo
y el Cholo de centrojás.
De peón de brega, Tomás.
Vos, en el pressing y el quedo.
Y adelante va Caunedo
con Toscanito y el Sombra.
(Y a cada chico que nombra
lo señala con el dedo).

Y designa con ahinco
los “quiénes”, el “cuál”, el “qué”,
mientras debajo del pie
luce la número cinco.
(Un gorrión, brinco por brinco,
mide la línea del güin).
—Vos llevás el aserrín,
vos el inflador...
                           —¿Y el Opa?
—El Opa cuida la ropa.
—¿Y el Loco?
                           —De botiquín.

Vos volanteás con Massera
y el negrito Kalisay,
y vos cuidás el orsay
y el arrugue de barrera.
De seis, el flaco Galera.
—¿De media puntada?
                                          —Sí.
Vos por allá, vos aquí,
vos en el tándem con Tito,
y vos que siflás finito
te ponés de referí.

De backs, Pololo y Allatro
(dispone tozudamente)
mientras Felipe y el Diente
forman la línea de cuatro.
Vos ponés sangre, teatro,
suela, sudor, entrevero...
—¿Y el Simba y el Panadero?
—Que practiquen el dos-uno.
—¿Y al arco?
                      —No va ninguno.
La jugamos sin arquero.

Con el saque lateral
detrás de mí van ustedes,
y les tiramos paredes
al estóper del rival.
Atentos a la señal,
al túnel y al caño mío.
Atropellamos en trío
y en el claro y en la brecha:
vos te mandás por derecha
y vos picás al vacío.

De líbero va Rolando
y el Rubio de marcador.
—¿Y yo?
                           —De ventilador.
—¿Por qué?
                           —Porque yo lo mando.
Vos atacás amagando
con ollas y diagonales.
—¿Y vos?
                             —Con los tres centrales
entre Ramón y Raúl,
y tiro los jand, los ful,
los córner y los penales.

Petiso, chueco, burgués,
sin gambeta, shot ni saque,
se para con un empaque
de sheriff en el farwés.
—Hacemos el siete-tres
y atacamos en convoy.
Y con cara de playboy
(mini-Júpiter Tonante)
agrega con voz pedante:
—Yo soy el técnico, soy...
Tensos, atónitos, mudos
”¿quién es este charlatán?”
cabulean los del clan
de los pañuelos con nudos.
El concierto de greñudos
se rebela y alborota.
Y al final de la chacota
Juan le grita sin mesura:
—¿Y vos quién sos, patadura?

—El dueño de la pelota...


EL CONVENTILLO

Conventillo suburbano
de Villaroel y Dorrego:
un encargado gallego
y un curda napolitano.
Al fondo, se dan la mano
la rubia y el cabecita.
En los altillos, Rosita;
abajo, la curandera;
y al frente, la madriguera
del cambalache semita.

En la canyengue Babel
ancla la grey adventicia:
los farrucos de Galicia
con el moishe de Israel.
No hay diferencias de piel,
idioma, nación o clero.
Y a la hora del puchero
se pasan mutua revista
el vasco separatista
y el ruso talabartero.

De movida y a babor
—con dientes de comadrejas—
cortan el cuero las viejas
del húmedo comedor.
Llevan el nomenclador
de panzonas y purretes.
Distribuyen los membretes
(“ladrón”, “haragán”,”pequero”)
y actualizan el fichero
de dimes y de diretes.

Del zaguán a barlovento
sobre la segunda pieza
un tácito cartel reza:
”Centro Nuclear del Chimento”.
Los diez pibes del sargento
componen un “baby-sit”.
Y a las puertas de la suit
del baño con sus relevos
pasan dos torvos malevos
con facha de “identi-kit”.

Un tatetí de gorriones
le pone marcas dañinas
al techo de las cocinas
de bolsas y de tablones.
Filman negras y botones
un diálogo de Fray Mocho.
Y al final, entre bizcocho,
mate, vino y empanada,
riñe la mesa cuadrada
del mundial setenta y ocho.

Oculto por la tinaja
—y en el tercer escalón—
funciona por tradición
el simposio de baraja.
El quinielero trabaja
con ritmo de motocross.
Y esgrime —del gil en pos—
sin complejos ni recatos
el certero matagatos
del fáber número dos.

El reaje del desván,
en la pared de arpilleras
puso con letras fuleras:
”Academia de Gotán”.
Más lejos, al alquitrán,
dice: “Manicura” (sic).
Y en el sector de las chic
—allende las escaleras—
el cuarto de las quemeras
se denomina “boutique”.

Arriba, las comadronas
asoman de sus mangrullos,
relojeando los barullos
con deleite de fisgonas.
Trituran en sus tahonas
inocentes y granujas.
Captan el show de las pujas
—riñas, pleitos, zarabandas—
y fingen en las barandas
un alto panel de brujas.

Viene pisando tachuelas
el gato del albañal,
y del filtro del parral
el sol tira lentejuelas.
La luz dibuja arandelas
en los racimos bordó,
baja cintas rococó
por las cortinas mohosas,
y convierte las baldosas
en fichas de dominó.

Las canillas del convento
gotean al dos por cuatro,
y anegan el anfiteatro
del piletón de cemento.
Desbordan al pavimento
por un caño circunciso.
El agua pide permiso
por grietas y desniveles,
y va metiendo cospeles
en las ranuras del piso.

Empero, con la alborada
—sin mufas y sin desplantes—
ya pican los laburantes
al yugo de la jornada.
Va la paciente gringada
con el criollo sobrador.
Y por un mundo mejor
—con niebla, sol o chubasco—
cinchan parejo sin asco:
fuerza, músculo, sudor.

Conventillo suburbano:
mistongómetro porteño,
filomishio del ensueño
y el amor a contramano,
colmena, nudo gordiano
de cien insólitas vidas,
club de las patrias perdidas,
reópolis nacional,
y auténtica sucursal
de las Naciones Unidas.


LA CARTERA

Drama de bajo nivel.
Escenario: la cantina.
Personajes: una mina
y un teléfono de Entel.
Un punto medio zulú
—de funyi y escarbadientes
se manda los ingredientes
de los platos del vermú.

Cámaras. Acción primera:
la naifa —que se encapricha—
bronca buceando la ficha
del fondo de la cartera.
Y entre tirón y zaranda
se le rompen las manijas,
y noventa baratijas
—o más— se vienen en banda.
Ruedan fasos, coloretes,
horquillas, peines, un pote
y un confuso despelote
de monedas y billetes;
papel higiénico flor,
píldoras, fáber, libreta,
un perfumero berreta,
pastillas, encendedor,
hilos, agujas, piolines,
un piloto de bolsillo
y un denso batiburrillo
de limas, aros y afines;
una pluma de avestruz,
un moño color de lila,
una linterna de pila
para los cortes de luz,
carnés de clubes, del ACA
de SADE, de conductor;
toalla, depilador,
dos chinches y una petaca;
guantes, velas, un tendal
de joyas de fantasía,
tres llaves, biyutería,
ruleros, polvo facial,
agenda, jabón, carbónicos,
desodorante axilar,
unos anteojos y un par
de números telefónicos;
una estampa y un misal,
un aviso funerario,
un broche y un calendario
del Campeonato Mundial;
lápiz de labios, espejos,
cosméticos, un cepillo
y un revuelto baratillo
de minucias y trebejos;
seis biromes, un pendiente,
marcadores, una guía
y un horóscopo del día.
Y así sucesivamente...

Un hincha de Chacarita
—faja, camiseta, lengue—
rumia con tono canyengue:
”Sonamo lo de levita”.

Acto dos. Hacia la rúa
corren en tandas genuinas,
medio kilo de aspirinas
y un gorro para garúa.
Un delineador de boca
y una receta vencida
se juntan en la caída
con las tapitas de coca;
en las patas de las sillas
un paraguas japonés,
un almanaque del mes,
cartas, spray, estampillas.
Llueven sachets de champú,
cintas, medallas, pelusas
y polveras rantifusas
en la mesa del zulú.
Ejemplos: un especial
de jamón y milanesa
recepciona por sorpresa
varias pinzas y un dedal.
Pañuelos de seda pop,
notas, facturas, remitos,
navegan como barquitos
en las espumas del chopp.

Al ras de las papas fritas
una pulsera de cuero,
un abanico fulero
y un paquete de curitas.
Contra los frascos redondos
del aceite y entre el pan,
un retrato de Bebán
y una chequera sin fondos.
Clips, alfileres de gancho,
medias, postales, tarjetas,
se acomodan en las fetas
de los sángüiches de chancho.

En la porción de sardinas,
salamines y porotos,
bolsas de plástico, fotos,
cospeles y naftalinas.
Rimmel, fideos “al dente”,
cigarros y albondiguillas,
se mezclan con las hebillas.
Y así sucesivamente...

Acto tres. Juntando cosas
mozos, gente, parroquianos,
casi se van a las manos
tirados en las baldosas.
Y la barra del boliche
—galante, piola, canchera—
a la bendita cartera
le mete chiche por chiche.
Al cabo, con decisión,
la fulana se las toma,
y diez banditas de goma
se hamacan en el sifón.

Última parte. Lugar:
el cotorro de la dama,
que vuelca sobre la cama
la cartera singular.
Salen corchos en bandadas,
menudencias, aserrín,
puchos, pizza y un sinfín
de servilletas usadas;
dos pocillos, un salero,
muestras de queso rallado,
y un verde certificado
de sangre del grupo cero;
un lupín, un vencimiento,
una muestra de uvasal,
y un acta municipal
por mal estacionamiento;
tres carozos de aceituna,
un menú y una quesera,
un naipe y una friolera
de migas de medialuna;
algunos tickets de caja,
cuatro gillets de afeitar,
una tiza de billar,
un dado y una baraja,
seis boletos capicúas,
berberechos, una liga,
un ejemplar de “La fija”
y un manojo de ganzúas;
diez etiquetas de vino,
un cubilete de dados,
siete fósforos usados
y una ficha del Casino;
una boquilla cantora,
varios chiclets de mascar,
un pedigree caballar
y un telegrama de mora.
Y en medio del borbollón
de salchichas y ensaimadas,
papel, manises, tostadas,
dos rodajas de limón,
tapas de pancho caliente,
fruslerías, bagatelas,
talonarios de quinielas,
y así sucesivamente...

Cuadro final. Sofocón
de mina con su bagayo.
Histeria, nervios, desmayo.
Y velozmente,
                            Telón.


SONETO A LOS JOVATOS

Vamos, muchachos, ¿semos o no semos?
Los años, rebanándonos en fetas,
nos portan al Jardín de las Boletas
como los trángüais de la calle Lemos.

Contra reumas, artrosis y muletas,
si el amor es un tango, pues bailemos.
Lo mandan los arcángeles supremos:
los Pichucos, los Maffias, los Aietas.

Un tango más, sin fin y sin extremos,
con algunas jovatas en chancletas,
ligeronas de cascos y de remos.

Que con tantos remedios y recetas,
tirados por los bares parecemos
la colección de Caras y Caretas.

 

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