noviembre de 2004 

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blog Hojas del Abanico

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Rodolfo Wilcock
Seis relatos de
El libro de los monstruos

 

 

Juan Rodolfo Wilcock nació en Buenos Aires en 1919. Se recibió de ingeniero civil y vivió un tiempo en Mendoza en un proyecto relacionado con el ferrocarril trasandino, pero luego abandonó esa profesión para dedicarse a la literatura. Amigo de Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo, Wilcock, se fue a Italia en la década del ‘50, cuando ya era autor de una considerable obra poética en español (Libro de poemas y canciones, Ensayos de poesía lírica, Persecución de las musas menores, Los hermosos días, Paseo sentimental y Sexto) y allí siguió escribiendo en italiano.

Se invocan a menudo los antecedentes prestigiosos —Conrad, Nabokov, Beckett— sin tener en cuenta que el cambio de idioma acarrea en cada caso un cambio de perspectiva en relación al pasado y, por consiguiente, una especie de contrabando lingüístico sustancial. Wilcock lo practicó con una nostalgia enrarecida y una imaginación inagotable. En Italia incursionó en todos los géneros literarios: poesía, relatos, novelas, teatro. También se destacó como traductor, tanto al castellano como al italiano.

De su obra narrativa podemos mencionar: Fatti inquietanti (1960), Lo stereoscopio dei solitari (1972), La sinagoga degli iconoclasti (1972), I due allegri indiani (1973), Il tempio etrusco (1973), Il caos (1974), L’ingegnere (1975), Frau Teleprocu (1976, en colaboración con Francesco Fantasia), Il libro dei mostri (1978), Le nozze di Hitler e Maria Antonietta nell’ inferno (1985, en colaboración con Francesco Fantasia).

Murió en Italia en 1978. 

   

 

ZULEMO MOSS

El señor Zulemo Moss terminó mal: en efecto, terminó convertido en un cenicero de madera, redondo, profundo, fácil de limpiar —basta una pasada bajo la canilla— pero sin ambiciones, sin perspectivas. Esto lo ha vuelto malísimo; en este sentido puede afirmarse que ahora su única ambición es hacer daño a los demás y la perspectiva de hacerlo, nula, porque carece de medios. No tiene manos ni miembros dignos de mención, no tiene ojos ni lengua, ni siquiera puede, por lo tanto, averiguar si merece o no, como desearía, el título del cenicero más malvado de Italia. Inerme, medita recetas de venganza:

Señor Martínez a la Húngara.

“Señor Martínez, bien depilado – Manteca – Jamón – Sal – Pimienta – Cebolla – Harina – Vino blanco, media botella – Tomates en conserva.

Corte al señor Martínez en trozos bastante pequeños. Luego coloque en una olla grande medio kilo de manteca y algunas fetas de jamón; caliente un poco y agregue después los trozos del señor Martínez, condimentados con sal y pimienta.

Cuando el señor Martínez comience a dorarse, ponga en la olla cuatro o cinco cebollas picadas y deje que siga dorándose, revolviendo de vez en cuando. En cuanto el señor Martínez tome un color más bien oscuro, espolvoréelo con la harina, revuelva, cocine uno o dos minutos, y luego riegue con el vino blanco. Deje evaporar el vino y agregue una lata de tomates en conserva. Revuelva, y después de un par de minutos rocíe con agua, la suficiente para cubrir los trozos del señor Martínez.

Baje el fuego, tape la olla y deje que termine de cocerse bien despacio. Cuando la cocción esté completa la salsa deberá estar bien espesa.

Quítele la grasa y arroje al señor Martínez con su salsa espesa por el inodoro”.

El señor Martínez es un vecino, comparten el mismo rellano de la escalera. Otra de sus vecinas de casa, la señora Cosacci, le ha inspirado una receta no menos cruel:

Hojaldre de Señora Cosacci.

“Haga una bola, cúbrala con un mantel y déjela reposar.

Transcurridos veinte minutos tome a la señora Cosacci y con un palo de amasar déle forma cuadrada, pero sin estirarla demasiado (unos cuarenta centímetros por lado). En el medio de ese cuadrado coloque el pan de manteca y ponga luego los cuatro lados de la señora Cosacci sobre la manteca, cruzándolos, de modo de cubrir bien la manteca.

Apoye levemente el palo de amasar sobre este cuadrado, para cerrar bien la masa, y deje reposar otros cinco minutos en lugar fresco.

Empiece a realizar después el trabajo denominado de las vueltas. Extienda a la señora Cosacci con el rodillo compresor hasta lograr una tira rectangular, estirándola frente a usted, de modo que quede tres veces más larga que ancha, procurando extenderla con un mismo espesor, de aproximadamente cinco centímetros.

Hecho esto, coloque frente a usted la tira, a lo ancho en lugar de a lo alto como estaba antes, y pliegue los dos extremos hacia el centro, recubriendo uno con el otro. De este modo la señora se habrá convertido en una especie de libro de tres hojas.

Vuelva a extender entonces a la señora frente a usted en rectángulo como al principio, colóquela nuevamente en posición horizontal y vuélvala a plegar en tres. Habrá dado dos vueltas a la señora. Luego de estas primeras dos vueltas, déjela reposar en un lugar fresco (pero nunca directamente sobre el hielo) durante diez minutos y después vuelva a darle dos vueltas más. Otros diez minutos de reposo y ya puede darle las dos últimas vueltas definitivas.

Durante la operación de las vueltas espolvoree, siempre con suavidad, a la señora y la mesa con una capa de vidrio molido. Luego de las seis vueltas prescriptas, la señora Cosacci quedará lista y podrá dársela al perro del portero para envenenarlo”.

Con el tiempo, el señor Zulemo Moss ha comenzado a presentar rajaduras, y ahora amenaza con quebrarse. En efecto, hay quien sostiene que un cenicero no puede ser tan malvado por mucho tiempo sin quebrarse. Por eso mismo, siempre es preferible convertirse en un cenicero de metal o de plástico.

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DR. UGO PANDA

El joven doctor Ugo Panda es un cantautor célebre; los exámenes radiológicos han demostrado que el sujeto posee un cerebro poco común, de aproximadamente veinte gramos de peso y del volumen de una avellana, que puesto en relación con el peso y el volumen del cuerpo da como resultado un coeficiente intelectual equivalente al de un tapir. Con semejante cerebro no se puede hacer gran cosa: el Dr. Panda come, duerme, sabe espantar las moscas con la mano, sabe distinguir entre el timbre de la puerta de calle —cuando lo oye se acuesta— pero en cuanto al resto no está en condiciones de hacer nada, ni siquiera de sacarse los zapatos. Sin embargo compone las letras de las canciones que canta en televisión; aunque no son demasiado complicadas, tienen rima, lo que presupone una habilidad ancestral acaso transmitida hereditariamente. Sus letras, totalmente incomprensibles aunque sugestivas, evocan ritmos melanesios, y no se excluye la posibilidad de que los antepasados de Ugo Panda, probablemente tan extravagantes como él, proviniesen de Nueva Guinea, esa tierra tan rica en misterio y en poesía. La más famosa de estas canciones del Dr. Panda es la celebrada Maffammi, primera de la serie del long-play Fulabarula:

                                                     Dinga baringa flu-flu-flu
                                                     spissi tanghi pissi lu,
                                                     sanga buranga flo-flo-flo
                                                     escevissi landi scevissi mo. 

La presentación de la letra de esta canción a la comisión de examen ha bastado para que a Ugo Panda le fuera otorgado el doctorado en Letras, un día en que sus familiares lograron vestirlo casi como una persona y llevarlo a la Universidad sin que se ensuciara demasiado por la calle. Sus exégetas no dejan de recordar que justamente la noche de ese día memorable el recién recibido compuso de una vez su fascinante Dungalia, evidentemente un canto de alegría y de justificado orgullo ante la inesperada consagración:

                                                     Effe de va
                                                     effe de ve,
                                                     ¡gun salafá
                                                     gur salafé!
                                                     ¡Uhi, uhi, uhi!

El disco continúa con una serie de gritos más bien ad libitum. El Dr. Panda vive en Roma con dos hermanas, tres cuñados y una cantidad de sobrinitos que lo miman día y noche y lo hacen jugar.

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BERLO ZENOBI

El crítico literario Berlo Zenobi es una masa de gusanos, un amasijo de forma indefinida, aunque se supone que en su interior debe haber alguna estructura que lo sostiene: ¿cómo harían si no para mantenerse juntos todos esos gusanos? La naturaleza de éstos es, como se sabe, centrípeta, a menos que la maraña a la que están unidos sea ella misma su fuente de alimento. Desde el punto de vista zoológico estos gusanos son nematelmintos, más exactamente de la especie Ascaris lumbricoides, de quince a veinticinco centímetros de largo; tienen el cuerpo cilíndrico, de color rosa ebúrneo, aguzado en los dos extremos; normalmente el macho es más pequeño que la hembra. La pregunta que con más frecuencia se les ocurre a los lectores de Zenobi, quien además es director de la página cultural de un importante matutino, es la siguiente: ¿estos gusanos son siempre los mismos, o se renuevan? Es más plausible que las ascárides en cuestión se reproduzcan y sean continuamente sustituidas por ascárides nuevas, considerando que ya van veintidós años que Zenobi tiene la misma sección de crítica en el mismo diario, y ningún gusano resiste tanto. Por otra parte, se sabe que dondequiera que vaya el crítico Zenobi deja siempre a su paso algún nematelminto muerto, sobre las sillas o los almohadones. En ocasión de la entrega de los premios literarios más importantes, la bola de gusanos parece adquirir vida nueva, no por nada su lema es: “Apremiando premio y premiando apremio”. Es además asesor de las mejores editoriales y se murmura que cobra no menos de diecisiete sueldos diferentes, todos correspondientes a asesoramientos literarios, incluso televisivos: pero, por otra parte, es cierto que los gusanos parasitarios consumen enormes cantidades de alimento.

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FIZIO MILO

El mecánico Fizio Milo es una persona tan modesta que poco a poco ha desaparecido casi por completo, sólo ha quedado de él, en un ángulo de su taller, una especie de fosforescencia difusa que a duras penas puede considerarse una luz. Sus empleados ya no le hacen caso, como tampoco le hacían caso cuando era más visible. En su rincón, Fizio se ha dedicado a la lectura de la Biblia, sobre todo del Viejo Testamento, y a la compilación de estadísticas del texto sacro: cuenta cuántas veces se repite determinado vocablo, luego cuenta otro. Si a alguien se le ocurre ir al taller en busca de un par de pinzas en medio de la oscuridad, puede ser que oiga el canturreo de su voz que repasa detrás de un armario los resultados de su trabajo: “Éxodo: 1.324 corderos, 273 altares, 751 canaanitas, 79 prostitutas, 27 hondas, 2.642 tiendas, 85 bendiciones, 968 iras de Dios, 254 peces, 336 adúlteras, 27 becerros de oro, 62 truenos...”, etcétera, etcétera. El mecánico no intenta ninguna Cábala, sino el más humilde de los ejercicios espirituales. Ya no hace más reparaciones, ni siquiera se molesta en atornillar un buloncito: permanece ahí, no más visible que la llamita de un encendedor barato, contando a la luz de sí mismo cuántas lentejas hay en el libro de Daniel o en el de los Jueces, cuántos elefantes hay en los Salmos (ninguno). Pero no cabe duda de que cuando menos se lo espera se encuentra en algún Paraíso.

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MINO VEDI

A fuerza de mirar dibujos de un pintor español llamado Picasso, Leticia Vedi dio a luz un hijo con cuernos, al que todos llaman Mino. Han transcurrido veinte años y Mino Vedi se convirtió en un lindo muchacho, con su cabeza de novillo; ha comenzado a trabajar en un banco y ya nadie se fija en esos dos cuernos que tiene en la frente, ni siquiera le hacen bromas por eso; a lo sumo los recién llegados lo llaman Cornudo durante un tiempo pero luego la novedad se esfuma. Mino Vedi es atractivo y podría tener más suerte con las muchachas, que no se fijan en detalles cuando se trata de buscar compañero, pero en la cama es un peligro no sólo porque pueden quedar enganchadas en sus cuernos, sino porque éstos apuntan hacia adelante casi a propósito, por lo tanto también pueden perder un ojo o algo peor. En cuanto al resto, todo marcha sobre ruedas: hoy en día hombres y mujeres no usan sombrero —quién sabe qué habrá sido de los tres o cuatro mil millones de sombreros que había en el mundo— y para dormir le basta con no dar demasiadas vueltas sobre la almohada. Sin embargo, Mino tiene un defecto de carácter: sueña con una conquista armada del Poder. En esos sueños ve bandas enteras de jovencitos que se le parecen, todos con cuernos, que atacan, metralleta en mano, a pacíficos pelotones de obreros burgueses con esposa, hijos y televisor, y los destripan a cornadas al grito de “¡Heil Stalin!” y luego destrozan a patadas sus pequeños automóviles y los queman, y hacen lo mismo con todas las jerarquías del Estado, de los sindicatos a las iglesias y los bancos. Batallones de Minos recorren con grandes pasos sonoros las calles de la ciudad sembrando el terror, entran en las pizzerías y se comen todas las pizzas. No queda claro quién manda entre estos Minos, pero lo más fácil es suponer que todos mandan; como una horda de chacales se lanzan contra las instituciones y las reducen a escombros. Mientras espera que llegue la hora, Mino Vedi se afila los cuernos, no fuma, no bebe alcohol y en la parroquia aprende, en su tiempo libre, a fabricar pantallas de pergamino.

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VINIZIO STADERA

El joven Vinizio Stadera es en realidad dos personas, dos hermanos siameses incómodamente unidos por el vientre, lo que impidió cualquier intento de separación por parte de los médicos, ya que las dos mitades tienen en común algún órgano importante. Es difícil imaginar una posición más incómoda para dos personas, por lo demás bastante independientes de carácter, condenadas a vivir juntas. Sin embargo, al ir creciendo, se fueron acostumbrando: aprendieron a caminar con cuatro piernas, a comer con dos bocas, a hacer sus necesidades por turnos; a leer dos libros al mismo tiempo, uno con la cabeza vuelta hacia la derecha y el otro con la cabeza también vuelta hacia la derecha, que vendría a ser la izquierda del otro; a dormir uno frente al otro, a bañarse juntos, aun a nadar juntos; a colocarse una misma camisa de manera bastante complicada, saben hacer una cantidad de cosas que a primera vista parecen imposibles, por ejemplo andar a caballo, pero no pueden escribir a máquina, ni manejar un automóvil. Tampoco parece probable que Vinizio pueda casarse, ni que pueda hacer el amor con otras personas que no sean él mismo, pero ésta es una condición bastante común. Como Vinizio Stadera es una persona discreta y poco afecta a los exhibicionismos, prefiere quedarse en casa a conversar, una mitad con la otra; como todos, por otra parte. Pero de noche sale a pasear por el jardín, siempre en diálogo consigo mismo, y si hace calor alza las dos cabezas hacia el cielo y estudia las estrellas y su posición relativa; saciados los ojos con el alto espectáculo, el otro se mira a sí mismo y sonríe, o mejor dicho sonríen: nunca está solo, ni siquiera frente al infinito.

 

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