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Eustaquio Pellicer

El botón del calzoncillo


 

Eustaquio Pellicer (Burgos, 1859-Buenos Aires, 1937) fue un ani­mador cultural clave de la vida porteña en el tránsito del siglo XIX al XX y en las primeras décadas de este último. La actividad teatral y la cinematográfica, así como muy especialmente las lides perio­dísticas constituyeron los principales canales en que su presencia marcó rumbos. En lo que hace al cine es de señalar sobre todo su carácter de indiscutible pionero; Andrés Pohrebny conjetura que Pellicer “debió asistir a algunas de aquellas primitivas proyec­ciones (las del 14 Boulevard des Capucines de París) quedando entusiasmado por la novedad, al punto de adquirir una filmadora­proyector Lumière y copia de las 'vistas' que se exhibieron aquel 28 de diciembre, con la idea de ofrecerlas en Buenos Aires. Aquí contó con el apoyo de Francisco Pastor, otro español, empresario del Teatro Odeón, 'concretando la presentación del Cinematógrafo Lumière en la noche del 18 de julio de 1896. (...) Se escribe así la primera página de la cinematografía en la Argentina”.

En cuanto al teatro, su compañero de tareas revisteriles, Lasso de la Vega, apunta en 1899 y luego de aludir a una pieza estrenada en Madrid por Julio Ruiz y Galé, “que obtuvo éxitos con Sangre blan­ca en la Alhambra de Madrid y El gran estereóscopo, en la Zarzuela de Buenos Aires, y conozco también su Don Críspulo Céspedes, y...” Pero su talento se desplegó en forma brillante y duradera en el periodismo: primero en su patria, que debió abandonar por razones políticas; luego en Montevideo, donde llegó en 1886, tentó fortuna sin éxito en el comercio, fundó una hoja periódica, Pelicerina, y la versión oriental de Caras y Caretas, además de trabajar en el diario Ferro-Carril; por último en Buenos Aires. En esta ciudad formó parte del cuerpo de redacción de La Nación por largos períodos e incluso fue corresponsal del diario en España. Sin embargo, su ta­lento se adaptaba mejor al formato revista que al del batallar coti­diano, y en este sentido se le deben dos hitos del periodismo na­cional: Caras y Caretas, que contó con el impulso inicial de Bartolito Mitre y el aporte tripartito del dibujante Manuel Mayol, José S. Álvarez —conocido como Fray Mocho— y Pellicer (“pero la verda­dera revista argentina empezó con Caras y Caretas —1898/1941—, donde quedaron registradas cuatro décadas de historia”, Pablo Mendelevich dixit), y más tarde P.B.T, de larga vida también. Dos secciones fijas: “Sinfonías” y “Charlas de Pebete”, respectivamente en uno y otro medio, dieron cuenta de su agudeza y poder de obser­vación.

 

“El botón del calzoncillo” fue publicado en El Cuento Ilus­trado, año 1, Tomo 1, N° 5, 10 de mayo de 1918; J. Lafforgue y J. B. Rivera lo reprodujeron en Asesinos de papel, 1977,  y J. Lafforgue en Cuentos policiales argentinos.

 

 

Polidoro era un joven pálido, de ojos soñadores y labio caído, lo que no impedía exteriorizar un espíritu ri­sueño, pues amaba el tango con corte, hacía juegos de pa­labras, tocaba el acordeón (definido por todos los autores como el menos filosófico y enternecedor de los instrumen­tos) y prefería los periódicos festivos al Kempis y al Diario de Sesiones.

Sus padres, pobres, pero tucumanos, habían predi­cho, desde que vio la primera luz —que por cierto fue la de una lámpara de kerosene, pues nació en la madrugada de un 8 de abril— que Polidoro no venía al mundo para ser una simple expresión demográfica, sino para algo más honroso, elevado y digno de la especie.

—¿Te has fijado en el gesto que pone cuando le apli­can la esponja del agua fría en la región glútea? —observaba don Hildebrando, padre del recién nacido, a doña Efigenia, su consorte.

—Sí —contestaba ésta—, pero todos los niños se estremecen igual.

—No lo creas; los niños vulgares lloran, encogen las piernas y se revuelven en guarangas contorsiones, revelando un natural chúcaro y una grosería ingénita. El nuestro es sobrio en la protesta, moderado en el vagido y temperante en el pataleo, lo que acusa un sentido de la circunspección y de la urbanidad que sólo puede atribuirse a su precoz dis­cernimiento. Obsérvale cuando mama: primero examina el recipiente lácteo, como si le interesara conocer el mecanismo que encierra; después aplica los labios, suave y parsimonio­samente, a la vivificadora canilla, y una vez en la tarea de la succión, el ritmo pausado con que traga deja ver claramente que la angurria no se asocia a su instinto de conservación, porque la considera como una falla del bebé correcto.

—Anoche me dio un mordisco por querer alimen­tarse afanosamente.

—Soñaría con que se lo daba a Ugarte en el cogote, sabiéndome distanciado del partido conservador. No te que­pa duda de que el nene reúne todas las condiciones nece­sarias para figurar entre los conspicuos.

Polidoro fue creciendo bajo los mejores auspicios para la vanidad paterna, que todo lo interpretaba en favor del purrete. ¿Agarraba éste un tintero o el tacho del engru­do para beber su contenido? Pues denunciaba sed de escri­bir o de pegar. ¿Metía su dedito por un ojo del gato? Pues era para explorar su encéfalo con fines psicológicos. ¿Cla­vaba las tijeras en la pulpa del aya? Pues no pretendía hacer­la brincar de dolor, sino someterla a una prueba de inmu­tabilidad estoica para mejor calcular la fuerza de sus facul­tades volitivas.

Sólo un día flaqueó en su fe el papá de Polidoro, y fue aquel en que el maestro de primeras letras le dijo:

—Señor, su nene, si no estoy muy equivocado, va a ser una mulita y perdone la comparación.

—¿Qué dice usted? —repuso airadamente el pro­genitor del presunto irracional.

—Lo que oye. Llevo ya muy cerca de tres meses tra­tando de embutirle el abecedario, y aún estoy en la jota, de la que no puedo hacerle pasar ni a cañonazos.

—Su abuelo fue aragonés y no tiene nada de particu­lar que esa letra en que se ha empacado le abstraiga y ensi­misme por ineluctables tendencias líricas y coreográficas.

         —Puede que sea así, pero es que además hace boli­tas de papel con las hojas del silabario, dice cosas feas de mi señora madre, imita con la boca ruidos que no corresponden a esa parte del cuerpo, y se come la tiza de los pizarrones.

—Todo eso es propio de los niños prescientes. La travesura infantil denota imaginación vivaz, rápido entendi­miento y energías vitales de que carecen todos los retardados física y moralmente.

—Opino, señor, todo lo contrario, y tan firme es mi convicción de que estoy trabajando “al cuete”, que desde ahora renuncio a insistir en que avance una sola letra de la jota, aunque me dé usted mil pesos por cada una más que aprenda.

Le preocupó mucho a don Hildebrando esta actitud resuelta del educador, evidentemente aterrado ante la pers­pectiva de desasnar a Polidoro; pero no tardó en reaccionar y de nuevo engreído con las extraordinarias dotes de su vás­tago, se transportaba a un futuro en que le veía ocupando la silla presidencial, ciñendo a sus sienes la mitra del arzobis­po, inventando una máquina para extraer aluminio del alcaucil, emulando a Salomón o reduciendo a poroto a Hin­denburg, Moreira y demás peleadores famosos de la clase civil y militar.

Polidoro, no obstante, conjugaba a los doce años ha­cido por hecho, piensado por pensado y cuezco por cuezo, pero en cambio imitaba a la maravilla el gruñido del chan­cho, fumaba expeliendo el humo por las narices y corría en cuatro pies con la agilidad de un “Botafogo”, haciendo pen­sar a la gente que ya había encontrado la carrera más aco­modada a sus aptitudes.

No fue, sin embargo, la hípica su verdadera voca­ción, pues cierto martes..., pero no precipitemos los aconte­cimientos.

Dos o tres años después de producirse fonéticamente como un digno sucedáneo del cerdo, Polidoro leía de corrido los títulos de los diarios, sumaba de memoria hasta diez, dis­tinguía los barómetros de los relojes, se ondulaba el cabello con arte singular y sin otro auxilio que el de una lapicera, ha­cía sus prístinos balbuceos en el acordeón, con tan notorio dominio del armonioso artefacto, que al poco tiempo expre­saba con él lo que quería, y aún repite su padre de memoria el suelto que publicó El Susurro Social con motivo del con­cierto organizado a beneficio de un viudo al que atropelló una motocicleta cuando volvía de enterrar a su mujer, sacán­dole de quicio una porción de huesos indispensables.

“Pero el éxito de la noche —se decía en dicho suel­to— lo constituyó el joven Polidoro Mojarrita, a cuyo cargo estuvo el solo de acordeón que figuraba en el programa. Principalmente en las piezas Manggia que t’ escucho, A mí, con la piolita y Sácame l'alpargata, sácame, demostró una sensibilidad tan melódica, puso tal riqueza de matices, de­sarrolló una técnica tan vigorosa y persuasiva, supo penetrar tan en lo hondo el corazón de la concurrencia, que algunos del auditorio, presas de una emoción irreprimible, prorrum­pieron en aclamaciones y vítores al artista, a sus papás y parientes más cercanos y a don Victorino de la Plaza, de quien se sabe que es el principal estimulador de las singu­lares disposiciones musicales de Polidoro, pues al serle pre­sentado el novel concertista para que le tocase algo, tuvo ocasión de apreciar su extraordinaria soltura, tanto en el manejo de la tecla como en el del fuelle captador del aire, en que hincha y deshincha con ímpetus ora enérgicos, ora sua­ves, según que la sonoridad deba reproducir la imprecación o el sollozo, el dulce lamento de la melancolía o el detonante arrebato de la iracundia.”

—Este chicuelo —afírmase que declaró el ex vice en ejercicio— lo expresa todo neumáticamente, y en el primer acuerdo que celebre para tratar de asuntos notables o en que intervengan notas, propondré que se le otorgue una beca para que siga estudiando el acordeón en cualquier academia poliacústica de Bulgaria o en el Murgatorio Imperial de Petrogrado.

Cada vez más chocho con su hijo, don Hildebrando no veía en todas las paredes de la casa espacio bastante para las coronas que los triunfos de Polidoro hacían inminentes, y había que oírle en el club, en la calle o en la botica que fre­cuentaba por la noche para jugar al truco con el idóneo, el jefe del correo, un dentista de la localidad y algunas veces el juez de menores.

—No me hablen de Hileret —decía cuando se susci­taba alguna discusión sobre los adelantos de la industria azu­carera—. El más grande ingenio de esta provincia es el de mi Polidoro.

Y si la conversación recaía sobre el esprit, la agudeza o la chistosa elocución, tenía para su hijo frases como ésta:

—Donde está Polidoro, boca abajo todo el mundo, aunque sea de Alta Gracia. Yo, cuando tengo el labio par­tido, tengo que huir del pebete, porque no puedo contener la carcajada y se me abre todo.

Cumplía los diecinueve años un martes del mes de abril (y aquí viene el acontecimiento que no queríamos pre­cipitar) cuando la caprichosa suerte, el irónico acaso, la bur­lona casualidad quisieron poner en manos de Polidoro un libro, y que éste fuera de Conan Doyle y que se titulara Aventuras de Sherlock Holmes.

Por ese tiempo ya había logrado Polidoro leer bas­tante aprisa, porque renunciaba a toda puntuación que impli­case soluciones de continuidad retardatarias, aunque ello aten­tase contra la buena construcción gramatical y el sentido de las oraciones. Así es que, en poco más de una semana, ya se había embuchado íntegra la obra, verdaderamente revolucio­naria para su espíritu, porque determinó un cambio radical en todas sus modalidades. Dejó de tocar el acordeón; contra­jo el ceño en sombríos arrobos; empezó a ver con displicencia el zapallo, su manjar favorito; se mostraba inquieto a todas horas, principalmente en las nocturnas, y fue abandonando su cabello hasta el punto de no ondulárselo con artificio.

Sus padres, muy especialmente don Hildebrando, se sintieron invadidos por la aprensión y la zozobra, no sabien­do a qué atribuir aquella súbita transformación de las afi­ciones, costumbres y manera de ser de Polidoro.

—Puede que sean los desequilibrios sintomáticos del genio —observaba don Hildebrando para mitigar la alar­ma y congoja de su mujer—. Dios sabe lo que estará ma­quinando ese cerebro asaz llameante y hervoroso.

—¿Estás seguro de que habrá comprendido bien todo lo que leyó en ese librote? —interrogaba la recelosa madre, más pesimista que su esposo en cuanto a las entendederas del chico.

—¡Cómo no voy a estarlo! No ha de ser más incom­prensible que aquel manifiesto publicado recientemente por el comité autonomista, y ya viste la facilidad con que des­cubrió que se trataba de producir una escisión con los del grupo que sigue al doctor Lisandro de la Torre.

Con el ensimismamiento, el desaliño, el desasosiego y la inapetencia, coincidió otra anormalidad que no pudo pasar desapercibida para los que observaban atentamente a Polidoro, quien a partir del instante en que terminó la últi­ma página de aquella afortunada obra con que se estrenase como lector de libros, se entregó furiosamente a las crónicas policiales de los diarios, sección informativa por la que nun­ca había demostrado el más pequeño interés, y que, a decir verdad, más bien aborrecía desde que por ella supo que en una cervecería frecuentada por alemanes fue seriamente las­timado en el apéndice nasal un joven catamarqueño, por el simple motivo de haber tocado La Marsellesa en el acordeón, no explicándose Polidoro que, ni por razones de patriotis­mo, pudiera ser nadie acordeonófobo.

—¿Ha venido El Orden? ¿Trajeron La Gaceta? —preguntaba desde que las primeras claridades del astro naciente disipaban las negruras de la noche.

Y azorado, nervioso, intranquilo, caminaba del bal­cón a la puerta de calle y de ésta al balcón, sin dar punto de reposo a sus remos inferiores, hasta que el repartidor venía con la anhelada hoja.

Nadie podía interrumpirle durante la lectura sin desafiar los más graves riesgos, lo que determinaba una quie­tud y un silencio de tumba en toda la casa.

A cada atracón de sucesos policiales sucedía un le­targo parecido al de las serpientes ahítas de alimento, du­rante el cual se le veía a Polidoro recogido en sí, con los ojos entornados, tironeándose del belfo, las piernas estiradas y la cabeza caída para atrás. De pronto se incorporaba como im­pelido por un resorte, extraía un lápiz del bolsillo del cha­leco y una libreta del interior del saco, y, con los diarios ante los ojos, hacía anotaciones y algunas figuras geométricas, después de lo cual se entregaba a extraños menesteres que ponían en movimiento a todo el mundo.

—¡A ver dónde hay una lupa! ¡Necesito un poco de cera! ¡Que me traigan un compás! ¡Me urge un bigote pos­tizo! Búsquenme goma de borrar y una piel de conejo!

Aquella boca no cesaba de pedir cosas raras, mientras lo restante del cuerpo se movía en vertiginosas ambulaciones revolviendo estantes, trasegando ropas y abriendo cajones.

—Hildebrando, nuestro hijo ha perdido la chaveta definitivamente —musitaba misia Efigenia, medio atorada por la aflicción.

—No macanees, mujer. Cuando pide todo eso y aun busca algo más, será porque lo necesita. Bien agitada estu­viste vos el otro día, yendo de aquí para allá y haciendo mil preguntas, incomprensibles para mí, y sin embargo no te supuse alienada sino urgida de algo, que luego resultó ser el tarrito del ungüento contra los bichos colorados.

Un lamentable acontecimiento social vino a consti­tuir el tema de todos los comentarios y a monopolizar el celo inquisitivo de los repórteres policiales, para quienes la tinta existente en Tucumán era poca si habían de escribir con la extensión reclamada por un suceso tan subyugante...

Se trataba del robo de una pulsera que le había sido regalada a una señorita con motivo de su enlace, habiéndose notado la substracción durante la fiesta con que se celebra­ba el casamiento en la casa de la novia, consistente en un bai­le amenizado con masas, sandwichs, refrescos y licores finos.

La joya desaparecida, tasada en mil trescientos cin­cuenta y siete pesos por uno de los circunstantes, se exhibía junto a los demás regalos, valiosos también algunos de ellos, sobre una consola colocada en lugar preferente, ante la cual se habían oído muchas frases de admiración igualmente gra­tas para los obsequiantes que para los obsequiados.

La policía, como medida previa, había detenido a los sirvientes y a un caballero de pronunciación extranjera y bastante cargado de espaldas, que se hizo notar por sus reite­radas visitas a la consola y sus frecuentes acometidas a los sandwichs de anchoa y a las botellas de guindado. Dijo ser viajante de una fábrica de escofinas para las durezas de la epidermis y haberle invitado a la recepción un canónigo ami­go del párroco que bendijo la coyunda, con quien había he­cho relación en Cacheuta cuando estuvo en aquel estableci­miento termal para curarse de unos dolores agudos que empezó a sentir en la rabadilla desde que se cayó de una es­calera de mano al colgar un mosquitero.

No necesitó más Polidoro para orientar definitivamen­te su acción y sus aptitudes. Nada de música con o sin fuelle. Él había nacido para detective como Sherlock Holmes, al que de fijo eclipsaría en cuanto se lo propusiera, disponiendo de la perspicacia, astucia, sagacidad e intrepidez que le dio Natura.

—Ésta es la mejor oportunidad para hacer mi debut —se dijo en cuanto leyó el primer relato del suceso delic­tuoso, y, por su exclusiva cuenta y con olímpico desdén por los trabajos policiales, se lanzó a la búsqueda del raspa.

La tarea se le presentó erizada de dificultades, y el plan a seguir debía ser objeto de gran meditación para que el olvi­do de un sólo detalle no malograra el éxito de la pesquisa...

Lo primero que se procuró fue un plano de la casa en que se había efectuado el robo, con la exacta ubicación de los muebles en sus respectivas habitaciones, lo que es de suponer el ímprobo trabajo que le exigió y los disgustos que le acarrearía, pues las personas que le encontraban en el mo­mento de aplicar la cinta métrica a un muro del zaguán, a una puerta o a una persiana, trepado a las balaustres del bal­cón, le creían llevado de malos fines, y hubo un lechero vasco que le agarró por las piernas y le hizo bajar a tirones, creyendo que trataba de apoderarse de unas cortinas.

Considerándolo elemental, obtuvo una lista de los regalos hechos a los novios, que podían dividirse en dos ca­tegorías: suntuosos y prácticos. Entre los primeros figura­ban, con la rica pulsera que se hizo humo, un anillo de oro representando una lagartija enroscada en sí misma como para echarse a rodar; un par de aros de oro y brillantes de segunda agua, pero muy nitrada; un collar de ojos de merlu­za asiática engarzados en cobre, y un prendedor de platino en forma de un corazón hipertrofiado con perlas. Y entre los de segunda categoría: un bastón con puño de fémur de ter­nera; una pieza de género de algodón con mezcla de hilo y otra del mismo género, pero sin hilo, sistema Marconi; una cigarrera de piel de carancho; kilo y medio de papas en es­tuche, envase que justifica el alto precio a que hoy se vende este tubérculo; un frasco de Colonia pura, es decir, sin rule­ta; un molde para budines; un limpia—tubos de carey; una imagen de San Francisco de Sales; un frasco también de sales; una letra a la vista por la suma de $ 125,50 contra una casa de negocio de Tafí Viejo, y un reloj para mesa de luz, que da las horas, despierta con La Marianina, hace el café, corta el pan en rebanadas y lo manteca después de tostarlo, lía y enciende un cigarrillo y lustra los botines.

Esta lista de regalos fue complementada con la de sus donantes, especificando profesiones, edades, estado civil y económico, rango social, antecedentes de familia y cuan­to pudiera convenir al más rápido y seguro esclarecimiento del robo.

De tales elementos provisto, restábale a Polidoro exa­minar minuciosamente el terreno en que operó el punguista, por si había dejado algún rastro, aunque sólo fuera por lle­var la contraria al conde de Luxburg, enemigo declarado de toda señal o vestigio que revele algún hecho execrable. Pero ¿cómo introducirse en aquel hogar tan desdichadamente inaugurado? Era, sin duda, la mayor de las dificultades que Polidoro necesitaba vencer, y a ello consagró por entero su inventiva.

Toda una noche se pasó exprimiendo el meollo y mordiéndose el labio con que, a guisa de válvula de escape, acostumbraba desahogar sus impaciencias y nerviosidades, a lo que se debía que le tuviese gordo como el de un hotentote y extraordinariamente caído.

Serían próximamente las 4.30 de la madrugada, cuando una sonrisa de satisfacción vino a iluminar su rostro, anticipándose a Febo. ¿Había encontrado la solución que perseguía?

Algo de eso debió ocurrir, porque raudo, como en to­das las manifestaciones dinámicas de su naturaleza impulsi­va, se dirigió a una cómoda, sacó del primero de sus cajones una lente de aumento con manija de jacarandá, un pañuelo de la nariz, una pinza, una linterna eléctrica de bolsillo y una caja de bombones de chocolate, sujeta por una cinta con los colores de la bandera nacional. Después se encaminó al ves­tíbulo, tomó del perchero una galerita algo longeva, pero a la que ningún Berisso había roto las alas, y se precipitó por la escalera, llegando en tres brincos a la calle.

Empezaba a amanecer y eran fáciles de contar los transeúntes que circulaban a esas horas por “El jardín de la República”: algunos vendedores ambulantes, unos cuantos peones munici­pales, escoba en ristre, varios canes nocherniegos olfateado­res de tachos con basuras, y los vigilantes que, estratégica­mente distribuidos, velaban por el orden y la seguridad del vecindario. Era Polidoro el único ser humano que se mostra­ba con galerita a los más madrugadores.

Doblando a la derecha por la primera esquina, cami­nó tres cuadras, volviendo a doblar por otra de las vías trans­versales, en la que le esperaba un episodio ingrato por todos conceptos, pues había recorrido unas quince o veinte varas apenas, cuando un pichicho de los que husmeaban residuos comestibles, creyendo tendenciosa la rapidez de la marcha de Polidoro, porque no era el primer puntapié que había recibido de los que iban hacia él con igual paso, salió a su encuentro mostrándole los colmillos, y como viera que el bípedo transeúnte, lejos de aceptar la provocación, abando­naba prudentemente la vereda, para esquivar el encuentro con su adversario, no vaciló en írsele a las gambas y hacer presa en una de sus pantorrillas. Sin más armas con qué de­fenderse que la lupa, la pinza y la caja de bombones, optó por dirigirse al recipiente en que momentos antes metiera su hocico el animal, y extrayendo de él una costilla de vacuno impúber, la arrojó contra la cabeza del pendenciero, con tan exacta puntería, que el animalito, seriamente lesionado en la tapadera de los sesos, metió el rabo entre las piernas y dis­paró como lanzado por una catapulta.

No triunfó “de arriba”, sin embargo, el joven Po­lidoro, pues un ligero examen de la zona atacada comprobó una rasgadura en el pantalón y un desperfecto de carácter erosivo en la molla pernil.

El término de la gira lo señaló un edificio de altos y de construcción moderna que se levantaba entre otros dos más antiguos y de una sola planta. Correspondía al núme­ro 251 de la calle, que por sumar ocho presagiaba los más felices resultados para su empresa, porque ocho era el día de su nacimiento, ocho los años que tenía cuando logró salir de la jota, ocho la fecha en que tocó para el viudo desencua­dernado por la motocicleta, ocho los pesos que le había costado del acordeón (de segunda mano), y ocho las letras de éste, las de su propio nombre, las de la madre y las de don Hipólito Yrigoyen.

La puerta de calle permanecía cerrada aún, y se puso a pasear por la vereda sin perder de vista a ninguno de los perros que pasaban. El sonido de una llave y la apertura de dos macizas hojas de cedro, anunciaron la presentación de una mujer morocha, de cabello abundante y negro como la conciencia del fisco, nariz ligeramente arqueada y húmeda en su parte inferior, ojos oblicuos, pero fulgurantes, boca más bien chica, estatura regular y menguadas carnes, salvo algún sitio del tórax en que se habían acumulado para cur­var la línea en pronunciada convexidad. La acción del tiem­po no acusaba estragos que permitieran atribuir más de veinticinco primaveras a la poseedora de aquel físico, y por su indumentaria modesta y la canasta que pendía de su bra­zo colegíanse las funciones de sirvienta que desempeñaba. Conocíala Polidoro por haberla visto en la hojalatería donde varias veces le compusieron el acordeón, y fue verla a tiro de saludo y decirle dulce y cariñosamente:

—¡Buen día, Ramona!

—Buen día, niño.

—Al mercado, ¿eh?

—Sí, señor. Es el primer día que voy desde hace una semana, porque ya sabrá usted, que me tuvieron detenida.

—Lo sé, y bien injustamente por cierto, pues nadie puede creerla capaz de una acción tan mala.

—El comisario tampoco lo creía, pero como preci­saba detener a alguno...

—Ayer supe que la habían puesto en libertad, y para demostrarle que me alegro mucho he venido a traerle estos bombones de chocolate, que son los preferidos de usted, según me dijo el hojalatero.

—Muchas gracias. ¿Por qué se ha molestado?

—No hay tal molestia. Hay que recompensar de algún modo la virtud cuando triunfa de la malevolente sospecha.

—Es usted muy bueno y generoso.

—¿Y no sabe usted si la policía adelantó algo en la investigación?

—Creo que no, porque la señora sigue desesperada y dice que todos son unos “ineztos”.

—Pienso del mismo modo, y si a mí me facilitasen los medios de intervenir en la pesquisa...

—¿Entiende usted de buscar ladrones?

—He estudiado mucho sobre ese particular, y por lo que sé de la actuación que hasta hoy ha tenido la policía, yo le garanto que el robo quedará “impugne”.

—¡Sería un escándalo!

—Pues téngalo por seguro, y si usted desea evitarlo y que su patrona recupere la alhaja, hágala saber que estoy dispuesto a seguir las averiguaciones independientemente de la policía y con grandes esperanzas de esclarecer en breve plazo este asunto tenebroso.

—Cuente usted con que la señora aceptará sus servi­cios, porque no ve el momento de juntarse con su pulsera. En cuanto vuelva del mercado voy a decírselo.

—¿Cuándo y cómo podré saber la contestación?

—Yo misma iré a llevársela.

—¿Sabe mi domicilio?

—Sí, junto a lo de Pengüín, frente por frente de la zapatería “El zueco dorado”.

—Allí mismo. Probablemente me encontrará usted esperándola en la puerta.

—Pues hasta después, que no quiero demorar su encargo.

—Adiós, Ramona.

—Y muchas gracias otra vez por los bombones.

—De nada, mi prenda.

Retornó a su hogar Polidoro tan embriagado por el contento que varias veces tuvo que pedir disculpas por sus ciegas embestidas a la gente que encontró en el trayecto, en una de las cuales derribó a una vieja, en otra a un atáxico y en la última la parihuela de baratijas que transportaban dos turcos, cuya cólera abortó en simples denuestos gracias a los nueve puntos que el atolondrado joven dio a sus tabas, ga­noso de poner toda la tierra posible entre sus mejillas tiernas y los acerados puños de aquellas dos furias otomanas. Y con­vengamos en que el paroxismo jubiloso no era para menos ante la probabilidad de conseguir que se le allanara un camino tan áspero y duro como el que se disponía a recorrer con su oficiosa gestión detectivesca.

Dos horas y pico permaneció apostado en el dintel de la puerta de su casa, y quien posea nervios un poco rea­cios a la calma reflexiva y una vehemencia como la que Polidoro ponía en todo lo que apasionaba, no creerá exage­rado que éste considerase su plantón, a la espera de Ramona, tortura equivalente a la de haber tenido que escuchar du­rante ese tiempo un discurso parlamentario sobre finanzas, en sus relaciones más directas con el presupuesto.

Pero todo llega en el mundo, menos el fallo del in­terventor federal que ahora ejerce el mando en aquella provincia, y Ramona llegó también, agitada, aunque son­riente, porque era portadora de una buena noticia para Polidoro. La señora había accedido a confiarle la pesquisa a condición de que lo ignorase su esposo, algo pariente del comisario, e invitaba al discípulo de Sherlock Holmes pa­ra que la visitase sin pérdida de tiempo, a fin de aprovechar la ausencia de Serafín, el dueño de casa, que entre 12 y 12.30 volvía del escritorio en que trabajaba como tenedor de libros para un constructor de tranqueras, tacos de billar y embudos.

Polidoro casi no escuchó las últimas palabras de la maritornes, pues con rapidez meteórica se encaminó al do­micilio de la recién casada, al que llegó jadeante, con la cor­bata torcida, los charoles polvorientos y la faz demudada.

Recibido por la señora sin el menor reato protocolar, pues ni siquiera se cuidó de recogerse el cabello ni de cam­biar las chancletas que llevaba por un calzado más distingui­do, no tardó Polidoro en verse dentro de su campo experi­mental, cual era la propia sala en que el ladrón de la pulsera habíala arrebatado al embeleso de su propietaria.

—Sobre esta consola y una mesita que tuvimos que adosar a ella, estaban los regalos que nos hicieron —expuso la señora.

—¿Qué sitio ocupaba la pulsera? —inquirió Polidoro. —El centro, por ser la alhaja mejor y más vistosa.

Polidoro sacó la cinta métrica y midió la distancia que había entre el centro de la consola y los bordes de la misma, entre éstos y la puerta, entre la puerta y uno de los balcones, entre el balcón y el taburete del piano, y entre di­cho asiento y el que ocupó la mayor parte de la noche un señor, representante de una casa inglesa exportadora de pol­vos para matar cucarachas, a quien la policía había querido detener en los primeros momentos juntamente con el de las escofinas.

Hecho lo cual, con las correspondientes anotaciones en la cartera, Polidoro siguió interrogando:

—¿A qué hora dejó de verse la pulsera?

—Serían las nueve y media aproximadamente.

—¿No lo sabe con exactitud?

—Con exactitud no, señor; pero recuerdo que a las 9 en punto llegaron las de Corvejón y se pusieron a tomar enseguida un helado de zanahoria con crema de vainilla que nos enseñó a preparar un escribano amigo nuestro, y con la última cucharada se fueron a ver los regalos y ya no estaba la pulsera. ¿No cree usted que estoy acertada al calcular en 30 minutos el tiempo que pasó desde que vinieron hasta que acabaron de tomar el helado?

—Según lo frío que estuviera.

—Al señor se le pasaban los dientes.

—¿Han barrido ustedes la casa alguna vez desde el día del casamiento?

—Todos los días. ¿La encuentra usted muy sucia acaso?

—Precisamente me disgusta verla limpia, porque la escoba ha debido borrar importantes huellas. ¿Tenía bolsi­llos exteriores su traje de novia?

—¡Qué esperanza! No se llevan.

—Fue su papá el obsequiante de la pulsera, ¿no es cierto?

—Sí, señor.

—¿Cómo se llama?

—Apolinario Mondonguete, para servirle.

—¿Sabe dónde compró la joya?

—No nos lo ha dicho.

—¿Juega al póker el esposo de usted?

—No, señor. De naipes no conoce más que el tute de en medio.

—¿Abandonó la casa algún invitado a la hora del robo?

—Ninguno enteramente. El único que salió unos momentos fue papá, temeroso de que cerrasen la botica donde compra el remedio que sabe tomar para el flato ar­diente, al que es muy propenso.

Y como la gentil e ingenua dama le observase que eran más de las once y que su marido no tardaría en llegar, Polidoro dio punto a su inconmensurable interrogatorio para entrar en lo técnico de su labor, y con la venia de la señora, que le autorizaba a escudriñarlo todo, “peló” el lente y, empezando por la habitación en que se hallaba, no dejó suelo, muebles, ropa ni objeto alguno que no sometiera a un examen minucioso a través del vidrio de aumento. En de­cúbito ventral unas veces, para reconocer el piso con la lupa, gateando otras por debajo de las camas y con el mismo fin, y subido sobre armarios y aparadores en busca de insospe­chados indicios, Polidoro llegó hasta la pieza más angosta, oscura y de ambiente más peculiar que tenía la casa.

Ansioso de impresiones digitales, en ningún otro si­tio podía reunir más copioso material de observación y análi­sis científico como en éste a que lo llevara su fino olfato de investigador.

¡Qué nitidez la de las huellas que presentaba el revoque de las paredes laterales! Si a simple vista se aprecia­ba el trazo del índice al deslizarse fugaz por la superficie en­jalbegada, con el auxilio de la lupa se veían con notable re­lieve todas las circunvoluciones supercutáneas, permitiendo determinar no tan sólo el calibre de la tercera falange, sino la persona a quien pertenecía, el grado de su pulcritud y una porción de circunstancias concomitantes de suma utilidad para la identificación.

Daba Polidoro por terminado con esta pieza el reconocimiento de la casa, cuando la señora le dijo que aún quedaba la de los baúles, pero que creía innecesario inspec­cionar, porque nadie entró en ella extraño al servicio.

—No lo crea usted —replicó Polidoro—. Es cabal­mente la que mejor pudo aprovechar el que necesitara ocul­tarse. Permítame que la vea.

La señora le condujo a un altillo en que, efectiva­mente, se guardaban tres baúles grandes, una valija, un catre de lona, varias sombrereras, una jaula de loro y algunos cachivaches más.

Ayudado de Ramona, cuyo auxilio requirió para re­mover el baúl más grande y pesado, pues contenía libros y papeles, trabajó como una bestia, pero no sin fruto, porque instantes después de levantar en vilo aquella especie de Pie­dra del Tandil con figura de cofre, Polidoro lanzó un grito salvaje, que hizo pensar a la señora en la rotura de una tripa a consecuencia del esfuerzo.

—¡Un botón de calzoncillo! —vociferó estentórea­mente.

—Pues de Serafín no es, porque los que lleva en la ropa interior son de nácar y éste es de hueso y de los más ordinarios —alegó la señora apenas hubo acercado a sus ojos el botón encontrado.

—Eso proyecta más luz sobre su procedencia. ¿Es­tá usted segura de que en la casa nadie usa botones como éste?

—Segurísima, porque los de Ramona son de pasta, y el muchacho que viene a lavar la escalera y hacer los manda­dos no gasta calzoncillos, según asegura Ramona.

Sujetándolo con las pinzas y ayudado por la lente, Polidoro reconoció por todos sus lados la vulgar pieza, cuya cara exterior o anverso, moldeada en forma de presentar la periferia más prominente que la parte central, donde tenía los agujeros para el cosido, difería sólo en esto de la otra cara o reverso, que era completamente lisa.

Envuelto el botón en un papel, con el mismo cuida­do que hubiera exigido una reliquia del Apóstol San Pedro, la guardó Polidoro en el bolsillo, dirigió a la señora algunas otras preguntas relacionadas con los invitados al ágape nup­cial, principalmente las de Corvejón, y expresado que hubo su reconocimiento por las atenciones recibidas en su misión investigadora, se disponía a partir, cuando los pasos de una persona, que subía la escalera denunciaron la llegada de Serafín, el jefe de la casa.

—¡Ahí está mi esposo! —exclamó aterrada la seño­ra—. ¡Por Dios, que no le vea!

y empujando a Polidoro hacia un corredor, salió al encuentro de su marido, no tanto por halagarle con tal reci­bimiento, como por dar al joven detective el tiempo necesa­rio para esconderse bien.

Polidoro se introdujo en el primer cuarto que encon­tró abierto —y que resultó ser el que la señora empleaba como cabinet de toilette—, y en el que había un ropero con vestidos, muy a propósito para servir de refugio en tan críti­cos momentos. En él se metió, cubriéndose con una amplia salida de teatro, suspendida en una percha de colgar junto a otras prendas femeninas.

Quiso el demonio que a Serafín se le ocurriera entrar en el toilette en busca de un polissoir para lustrarse las uñas, y a Polidoro se le paralizó completamente la sangre, ponién­dole en los bordes del síncope. Nunca sintió más necesidad de toser y de estornudar; nunca le crujieron tanto las rótulas al menor movimiento, y nunca, como en ese instante, había deplorado no aceptar la invitación que le hiciera un amigo francés, naturalizado aquí, para que le acompañase a luchar en las trincheras contra los teutones.

Con un Dios aparte sin duda, Polidoro experimentó la inmensa dicha de ver salir al temible compañero de toi­lette, sin que se le antojase buscar nada en el ropero.

Hasta más de la una permaneció en su escondrijo, y cuando la señora dio con él, después de haberle buscado por todos los rincones desde que se fue Serafín, lo encontró rígi­do como una momia y hasta algo comatoso.

—¡Váyase pronto, por la Virgen, no sea que se le ocurra volver! —díjole la señora golpeándole suavemente en la boca del estómago para comprobar que aún vivía.

Polidoro lanzó un suspiro apamperado con el que hubiera podido apagar doscientas bujías a la vez, y sacando una pierna y al rato la otra, abandonó el ropero mirando re­celosamente a todas partes, no muy seguro de estar a solas con la dueña de la alhaja desaparecida.

Y, una vez en la calle, se creyó resucitado, lo que le habilitaba para seguir su pesquisa con el mismo ardimiento que la empezó.

—Este insignificante disco de hueso —decía con­templando el botón— va a ser el venero de mi fama y de mi fortuna.

Para averiguar la procedencia del botón, tuvo Po­lidoro la benedictina paciencia de interrogar una por una a todas las lavanderas de Tucumán y a los sirvientes de todas las familias que habían visitado la casa de los novios el día de la boda. Y no contento con esa investigación, efectuada por barruntar que entre los sirvientes y las lavanderas pudiera haber alguno a quien conviniese ocultar el nombre de la per­sona que tenía botones iguales al encontrado en la pieza de los baúles, resolvió comprobado por sí mismo, haciendo uso del coraje y la “caradurez” que siempre aplicaba con éxito a sus audaces empresas.

El primero a que abordó fue don Abundio, un pro­fesor de volapuk, de sesenta y tres años de edad y lo menos ciento cuarenta kilos de peso del que decía un chacotón amigo suyo que era un gerundio metido en una barrica de chinchulines.

Polidoro fue a visitado con el pretexto de averiguar lo que cobraba por sus lecciones, y a las primeras de cambio se le fue a la panza con la diestra, y asegurando haber visto una araña que se le metía por debajo del chaleco, le desa­brochó éste y luego la pretina del pantalón para dejar al des­cubierto la de los calzoncillos, cuyos botones resultaron no ser como los que Polidoro necesitaba que fueran para de­clarar presunto caco al voluminoso profesor de volapuk.

Recurriendo a otro expediente, logró ver en calzon­cillos a don Sofanor, otro de los invitados a la epitalámica fiesta. Don Sofanor es perito agrónomo casi de nacimiento, pues su padre, su abuelo y el autor de éste ejercieron la misma profesión. Alegando necesitar con urgencia la men­sura de un patio que iba a destinar al cultivo de la berenje­na, se presentó Polidoro en su casa, al despuntar el día, para sorprenderle en la cama. La mensura de un patio y en hora tan temprana tenía que sobrecoger a cualquiera, por muy perito que fuese, y prueba que nuestro hombre se sobreco­gió también el hecho de haber abandonado la cama “in con­tinenti” y acudido a la presencia de Polidoro sin otro atavío que la carpeta del comedor sobre las ropas menores.

Percatado de la patraña con que su intempestivo vi­sitante interrumpió lo más dulce de su sueño, hubo de ma­tarle con el trípode de un teodolito que halló a mano, pero especialista en fugas desde que las practicó en el acordeón, en el caso de los turcos y después de su cautividad en el ro­pero, Polidoro se puso a buen recaudo del agrimensor, aun­que no sin verle todo lo que quiso.

La policía mientras tanto no cejaba en su empeño de encontrar la pista del ladrón, y aprovechando la presencia en Tucumán de un agente de investigaciones de la metrópoli, que se había trasladado a aquella provincia para visitar a un tío residente en Agua Dulce, le había solicitado una “mani­to” en la pesquisa, obteniendo la promesa de una desintere­sada cooperación.

Y puesto en campaña el aludido funcionario, averi­guó por Ramona que se había encontrado un botón de hue­so, extraño a los calzones y calzoncillos de la casa, y que ese botón se lo había llevado Polidoro.

—Este joven debe ser un pájaro de cuenta —pensó el perspicaz agente— porque ya he sabido por varios conduc­tos que anda en pasos muy sospechosos. Lo que me contó el lechero vasco, inclina a creer que se había trepado al balcón de don Serafín con algún rapaz intento, que muy bien pudo haber sido el de quedarse con las cortinas. Hay que detener­le sin demora antes de que se esfume.

Y al atardecer de un domingo 7 (bastaba que no fue­se 8 para ser aciago) don Hildebrando entraba en la habita­ción de su hijo, que en ese momento contemplaba una foto­grafía de las impresiones digitales encontradas en las paredes de aquel pequeño recinto examinado en la casa de Serafín.

—Ahí está un caballero que desea verte —le dijo.

—¿Quién es?

—No me ha dado su nombre.

—¿Qué ropa usa?

—Como hay poca luz no lo he visto bien, pero me parece que lleva un jaquet color tórtola y una corbata café con leche, pero menos leche que café, atravesada por un alfiler que representa un gallo con chispas.

—¿Con chispas?

—Sí, con chispas de brillantes.

—Dile que entre.

Y entró el caballero del jaquet y del gallo, y después de saludar a Polidoro, ver la lupa, la fotografía, los planos y todo el arsenal “investigológico” de que estaba provisto y afirmarse en la creencia de que se hallaba ante el propio ladrón de la joya, le pidió cortésmente que le acompañara para una breve diligencia, y, una vez en la calle, le aseguró la mano izquierda con una esposa y se lo llevó al Departamen­to de Policía, donde fue registrado, encontrándosele, entre otras cosas, el botón del calzoncillo, envuelto en el mismo papel que había sido guardado. Enseguida lo metieron en un calabozo, donde quedó rigurosamente incomunicado.

Cuando los diarios hicieron conocer al público la sensacional detención, los padres de Polidoro se conmovie­ron al punto de sufrir don Hildebrando un semiataque de hemiplejía que le dejó duro el dedo gordo del pie y casi sin movimiento el ojo del mismo lado. En cuanto a sus relacio­nes y amistades, se manifestaron llenas de estupor, no faltan­do quien propusiera enviar colectivamente un telegrama al presidente de la República, al internuncio apostólico y a Wil­son, protestando contra la arbitraria disposición policial y pidiendo la inmediata liberación del detenido.

Pero aún le esperaban otras sorpresas de más formi­dable efecto y la primera fue la de descubrirse que el botón encontrado era del mismísimo Polidoro. Un minucioso re­gistro practicado en la casa del preso permitió comprobar que Polidoro tenía un par de calzoncillos a los que les falta­ba un botón, y que el encontrado era exactamente de la mis­ma forma, substancia, tamaño y color que los otros dos bo­tones que aún le quedaban a la prenda.

Sólo faltaba ya encontrar la pulsera, pues en cuanto a que Polidoro fuese el raspa, no había la menor duda.

Obtenido lo más difícil de la pesquisa, gracias a la habilidad del agente metropolitano, no tuvo éste por qué retrasar más tiempo su visita al tío de Agua Dulce, y hacia aquel punto rumbeó en el primer tren que Dios y los huel­guistas quisieron proporcionarle.

Si hay en el mundo personas suertudas, este pesqui­sante de la gran urbe argentina merece el primer puesto, porque todo lo que se diga es poco de lo que le favorece el hado benévolo. ¿Quieren ustedes creer que en su viaje a Agua Dulce encontró la pulsera buscada? Tal como lo oyen. En el mismo compartimiento que él, viajaba una señora que lucía la alhaja perteneciente a la esposa de Serafín. Y conocía de la joya tantos detalles el agente, que no vaciló un segun­do para decir a la pasajera:

—Señora, esa pulsera ha sido robada.

—¿Robada? Usted me confunde, caballero.

—¿En cuánto se la vendió Polidoro?

—A mí no me la ha vendido ningún Polidoro. La he­redé de mi finada mamá, que en paz descanse.

—¿Nunca se desprendió usted de ella?

—Sólo una vez por un gran apuro económico, tuve que empeñarla en lo de don Apolinario; pero fue rescatada la víspera de su vencimiento, pagando lo que me prestó por ella, más los intereses. Por cierto que lo hice bien entrada la noche, porque debía partir en las primeras horas del día siguiente para Ranchillos y no quería exponerme a perder la alhaja por caducidad de la póliza. Le mandé decir a don Apolinario que si, por el casamiento de su hija, efectuado esa misma noche, le era incómodo que yo me presentase en su casa para la operación del rescate, me enviara la pulsera a la mía con persona que a su vez recibiese el dinero, y, no te­niendo, por lo visto, ninguna de su confianza en ese momen­to, vino él mismo a traerme la pulsera, y aquí la tiene usted desde esa noche, pues yo cuando viajo no me la quito ni para dormir.

Por éstos y los demás informes se puso completa­mente en claro lo ocurrido, que no fue robo, aunque sí acción punible ante el Divino Tribunal. Don Apolinario, prestamis­ta por convicción y por utilidad, tenía como axiomático que las joyas de alto valor no rescatadas en las horas hábiles de la víspera del vencimiento eran abandonadas por el prestata­rio irremisiblemente. La pulsera la consideró perdida y, como lo que había prestado por ella era menos de la mitad de su valor, quiso que fuese el regalo que necesitaba hacer a su hija. Sorprendido por la reclamación de la prenda pigno­rada, no se atrevió a afrontar las consecuencias de una nega­tiva injustificada y se decidió a tomar de la consola la pulse­ra, aprovechando una momentánea ausencia de los invitados al comedor, y llevársela a la empeñante, a reserva de com­pensar a su hija con otra alhaja de valor equivalente o con su importe en efectivo. Advertida la desaparición y lanzada al aire la palabra robo, dejó que la bola corriera, pensando que a nadie podía perjudicar sino a él, como único autor, pues la hija recuperaría lo perdido en plata o en objeto...

Queda explicada la salida que hizo, pretextando ir a la farmacia, y en cuanto al botón de los calzoncillos de Poli­doro, no hay que ser muy lince para suponer que saltó de la tela en uno de los esfuerzos que hizo para levantar con Ra­mona el baúl de los libros y papeles. Esos calzoncillos hubo de mudárselos rápidamente al llegar a su casa por razones que ignoramos, pero que son de colegir después de haberle visto con la batata que sacó del ropero, y es muy natural que en el apuro de cambiarse los calzoncillos no se fijara en la pérdida del botón de los que llevaba puestos.

Obvio es decir, en honor de la justicia tucumana, que lo pusieron en libertad con los pronunciamientos más favorables; pero ha jurado por Dios y por Bascary, no vol­ver a meterse en andanzas sherloholmescas, y lo primero que hizo al restituirse al hogar de sus atribulados padres fue reemplazar una pequeña bobina, incorporada a los servicios sanitarios de la casa, con la obra de Conan Doyle, lo que re­conocemos una herejía.

Nos han dicho que ahora trabaja Polidoro con un herrador de caballos, pero que aprovecha sus ocios tocando el acordeón, ventoso utensilio al que sin duda debe sus des­gracias todo el que lo emplea, porque es sabido que quien siembra vientos...

 

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