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Marcelo Eckhardt

El poeta de la dignidad


 

Marcelo Eckhardt (1965) nació en Salta, desde 1972 vive en Trelew, provincia de Chubut. Publicó cuatro novelas: El desertor (1993), Látex (1994), Nítida esa euforia (1998) y Cero (2008); dos libros de cuentos: Radio la lengua (1995) y Ya fue (1998); un libro de poemas: No me acuerdo (1997). Enseña Literatura Argentina en la Universidad Nacional de la Patagonia y es coordinador del proyecto cultural Tela de Rayón.

 

De La nueva rabia, Mondadori, Buenos Aires, 2008.

 

Conocí en El guiso estrambótico, durante esos turbulentos días fecundos, a un joven poeta, terrible­mente lúcido y culto; vino a Comodoro de visita pues tenía un familiar que trabajaba en la omnipo­tente YPF.

Me lo presentó un amigo novelista para que lo acompañe en su estadía y no se aburra o se pierda. Las dos o tres noches que estuvo en el bar, pidió ginebra y se la zampó de un solo trago, no para impresionarnos pues allí había hombres alcohólicos para todos los gustos y medidas, sino porque él se sentía como en el Far West, en el extranjero, en un campamento bárbaro y provisorio; actuaba torpe, y cándido, un rol; se suponía entre gaucho, malevo y poeta europeo...

—¿Usted es soviético?

—Desciendo de alemanes pero las circunstancias me ubicaron en la estepa rusa. ¿Y el pedigrí de usted?

—Uno criollo, el de mi madre, y otro inglés, el de mi padre. Hace poco regresé de Europa y descubrí a mi Buenos Aires...

—Yo huí hace poco de allí. Para mí era un inmen­so jaulón donde se libraba una guerra de trincheras y en vez de aniquilar al enemigo con gas mostaza, se lo aislaba para que se desgarrara en su propia angustia y desesperación. Es un método lento pero eficaz que suprime al oponente potencial pues éste ni sabe que está inmerso y condenado en una sorda y letal guerra que le llevará su vida barata y anónima. De este modo, vea, las naciones se ahorran las guerras civiles.

—Usted, Radek, tiene una visión por cierto apo­calíptica de Buenos Aires, de la Argentina.

—Y usted, Borges, se equivoca. Buenos Aires no es la Argentina. Pues, entonces, ¿esto qué es? ¿Dónde estamos ahora?

—Real, honesta, puntualmente, no lo sé.

—Así me gusta. Nos estamos entendiendo. ¡Un brindis por la patria extranjera entonces!

Luego, la segunda vez que nos encontramos, me leyó un poema que él había escrito desde la casa de su primo, en el kilómetro 3. Era el contraste de un pequeño jardín contra el abominable desierto cir­cundante. Típica visión metropolitana la de Borges; ve lo particular en lo general, lo familiar en lo extra­ño. Acá es imposible esa percepción; aquí no hay sólo un jardín en contra de la nada sino que en toda esa supuesta nada hay, si se sabe ver, un brote más verde que el jade. Hay algo en todo.

—A usted que le atraen los laberintos, debería perderse en la meseta, un muy buen laberinto, si no el mejor.

—Y usted me dice que yo supongo que es al revés. ¿Todo en algo? Sí, es así. Yo soy un idealista; más joven, es cierto, tuve simpatía con el materialis­mo pero no me parece muy literario.

—Es posible. A mí, la vida me hace ver de este modo. Y mi vida no es para nada literaria.

La tercera vez que compartimos copas fuimos tan honestos como el alcohol que tomamos; y hablamos de nuestras vidas y yo le confesé mi traición.

—Borges, le voy a contar un hecho terrible de mi vida pasada, allá en la metrópoli. Yo le hice mucho daño a un hombre que amaba su vida y era muy querido por sus amigos.

Tomé un buen trago de ese mal pisco y lo miré en silencio. Finalmente, hablé:

—Lo traicioné. Le arruiné la vida. Fui un traidor.

Sollocé. Borges trató de consolarme; dijo, burdo: -Esto es como si yo ya lo hubiera vivido. O escrito. Esto yo lo soñé o, peor, lo soñaré —pero agre­gó—:Ya no se castigue; los hechos, nuestras acciones, pueden leerse de otro modo.

Vagamente le entendí y agradecí su sutileza. -Pero Borges, hay hechos que no se pueden borrar con nada y, además, yo ya escribí esa traición. -Entonces, ya no hay nada por hacer.

Borges entendía que la lectura podía variar los hechos y yo, por el contrario, pensaba que era la escritura la que podía salvarme de algo. No se lo dije. No se lo dije porque también el joven poeta vanguardista, aunque razonaba como un viejo, vivía feliz en la literatura y para mí sólo era una forma de salvación.

—Pero usted -repuso Borges— es un buen argenti­no, ahora.

—No soy un buen argentino. En todo caso, seré un buen extranjero argentino, vale decir, si le parece un “extrangertino”.

—Yo traicionaría por estrictas razones literarias. No sé, si alguien poseyera el secreto del universo y, quizás, el de la literatura, pues, bueno, yo se lo roba­ría, lo traicionaría, sin dudas.

—Yo estaba desesperado, rabioso, loco; no sabía cómo salir de esa guerra.

Luego, no hablamos más. Seguimos bebiendo un par de copas. La última vez que lo vi fue en mi casa, cuando vino a despedirse. Pispeó mi biblioteca pero, por pudor de su educación, no me hizo ninguna observación, salvo un chiste sobre Dostoievsky y su agrado sobre Martín Fierro.

—Aún no entiendo por qué Raskolnikov comete ese crimen.

—Tiene razón. No hay hechos gratuitos.

—Y mire usted, Cruz y Fierro nos enseñan sobre la amistad. Y tienen razón: hay que desconfiar del Estado o si usted quiere, aquí, de YPF, una nueva forma de Estado; una empresa-gobernación-casa-­escuela. Todo en uno: uno en todo, como su desierto...

Nos reímos de buena gana. Finalmente me dijo: —Usted no es indigno, Radek. La dignidad no es un don sino una lucha. Y usted cambió y pelea.

Nos abrazamos y prometimos comunicarnos a través del correo. Nunca más supe nada de él; será, seguramente, un gran escritor, un intelectual. Lo cierto es que una buena charla, un libro, la experien­cia de una situación, nos ayudan a saber vivir, a encaminarnos, a elegir en una encrucijada. Y nues­tras dos o tres conversaciones me dejaron buenas ideas. Las buenas ideas son las que se sitúan siempre en nuestro horizonte y nos mantienen en vilo, durante nuestros naufragios, derivas o peregrinacio­nes; ni justifican ni destruyen. Pensamos bien, senti­mos bien, hacemos bien.

Le hubiera retrucado unos cuantos conceptos a Borges, pero, sabemos, el alcohol no nos aclara la mente y yo no estoy entrenado en las tertulias de la vanguardia. Me ganó en muy buena ley.

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