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Marta López-Luaces

Un reflejo de pureza


 

Marta López-Luaces (La Coruña, España, 1964) como crítica ha publicado Ese extraño territorio: La representación de la infancia en tres escritoras, que luego fue traducido al inglés, y La poesía y sus máscara (2008), publicado por Hofstra University en Nueva York.

También ha publicado el libro de relatos La Virgen de la Noche (Madrid, Sial, 2009) y acaba de terminar una novela titulada Los traductores del viento. Y los siguientes libros de poesía: Distancia y destierros (1998), Las lenguas del viajero (Madrid, Huerga & Fierro, 2005) y Memorias de un vacío (New York, Pen Press, 2002). El libro Los arquitectos de lo imaginario será publicado próximamente en Pre-Textos.

Su poesía ha sido publicada en antologías de España, Latinoamérica, Estados Unidos, Italia y Rumania. En inglés su poesía ha sido publicada en revistas como Literary Review y Mandorla. Una selección fue traducida al italiano y publicada bajo el título Acento Mágico (2202) y otra antología, traducida al rumano, fue publicada bajo el título Pravalirea focului (2007).

Ha traducido poetas españoles al inglés para revistas como Terra Incognita, Hofstra Hispanic Review y Tamame y como traductora al español ha colaborado con revistas de Latinoamérica y España traduciendo poemas de Louise Glück, Robert Duncan, Leonard Swartz, Ann Lauterbach, entre otros. La editorial Bertleby sacará próximamente su traducción de Selected Poems de Robert Duncan. Ahora está preparando una antología en inglés de poesía española contemporánea para la prestigiosa editorial estadounidense Talisman.

Es co-editora de Galerna: Revista internacional de literatura. La ciudad de Nueva York le otorgó la distinción de Speaker for the Humanities of NYC (2003-05).

 

de La Virgen de la noche

 

—He aquí un aparato cuyo uso ignoran nuestros sabios. Es el espejo mágico, el consultor de las brujas que éstas disponían entre dos cirios verdes, como en la leyenda de Santa Genoveva de Brabante, ¿recuerda?
Leopoldo Lugones, El espejo negro.

 

Verbena: Las flores de esta planta son muy utilizadas en operaciones de magia sexual. Con ellas se compone un filtro de amor irresistible. “Cinco hojas mezcladas con vino y derramado luego en una sala donde se celebre un festín, hará nacer al instante una alegría loca entre los comensales” (Alberto el Grande)

Mandrágora: Forma parte en la composición del ungüento de los brujos, para asistir al Aquelarre. La raíz es un poderoso condensador de las fuerzas astrales. (Paracelso. Las plantas mágicas. Diccionario de Botánica oculta.)

 

Cuando me mostraron el piso, todavía estaban allí las últimas tazas de café que la gente se había servido cuando ocurrió el incidente.

Los hombres dicen que cuando la vieron por primera vez pudieron oler la timidez en sus labios. En ellos creían leer que una primera inocencia todavía le quedaba intacta, lo que les producía, en el primer encuentro con ella, un deseo intenso de borrar aquel reflejo de pureza. Luego, ya seguros de lo inalcanzable de sus pretensiones, la seguirían buscando, ya no atraídos por ese primer impulso de violencia, ni para saciarse en la profundidad de sus ojos, ni en la suavidad de su piel, sino para recobrar la sensación de abandono que ella les infligía en el alma con cada encuentro.

Aún embriagados por lo que había sido su presencia, me dijeron que vivía en uno de esos apartamentos de principios de siglo, que habían sido suntuosos caserones y ahora estaban medio abandonados. Cuando sus primeros propietarios tuvieron que empezar a venderlos, los nuevos dueños los habían dividido en pisos independientes. Sólo en el de ella se puede apreciar todavía la grandiosidad que había tenido en su apogeo. Los zócalos y los marcos del pasillo, en los que se ven tallados diferentes motivos geométricos, y los del dormitorio —con figuras de centauros y gorgonas, cisnes y pétalos de extrañas flores— se han conservado con tanto esmero que parecerían recién hechos. El largo pasillo desemboca en una sala amplia, de techos altos y grandes ventanales. Unas puertas de hierro y madera maciza —aunque algo estrechas—, dan a un balcón de cemento, con barandillas de hierro negro forjado. Allí era donde Asumpta, sentada en una mecedora de mimbre con las gatas en su regazo, se pasaba las tardes. En esos días de otoño en que la brisa lograba colarse por entre las persianas, la araña de caireles que aún cuelga del techo de la sala producía una música triste y acompasada. Entonces Asumpta parecía mecerse al son del viento.

Una puerta de cristal separa la sala del comedor. En las esquinas del techo hay pintados unos pequeñísimos querubines blancos. Hacia la izquierda está la cocina, en la que aún se encuentra una estufa de carbón antigua y, en el centro, una mesada de pino. Pero en ese momento me llamó más la atención el limonero de la cocina, plantado en una antigua bañera con patas de bronce situada a lado del lavabo.

 En los antepechos de las ventanas cerca del fregadero, Asumpta había plantado diferentes vegetales: tomates, albahaca, mucho acónito, achicoria, ajenjo, ajo y mandrágora. Sin embargo, la mirada de cualquiera se dirigiría rápidamente hacia el jardín de la azotea que se divisa por la ventana. Allí, Asumpta pasaba las mañanas plantando bulbos de flores: geranios, amapolas, begonias, que mezclaba con pequeñas camelias, clivias, brumelias, anthurium, brinfelsias, crisantemos, violetas africanas y las más hermosas orquídeas. Nadie sabe cómo hizo para que todo este tipo de plantas y flores con necesidades tan variadas se dieran tan bien allí. Sin embargo lo más extraño, es que en ese jardín ni los pájaros, ni palomas o insectos le hacían daño a las plantas. Parece ser que Asumpta usaba el ajo de la huerta para espantar todo tipo de insecto. Como me explicaron luego, para que tuviera efecto había que llevar a cabo todo un proceso: primero tenía que plantar el ajo en las noches de luna llena, y sólo cuando ésta se encontraba en la punta más lejana del horizonte. Después de que el ajo ya había crecido se tenía que esperar a una noche sin luna para recogerlo. Sólo después, y con la ayuda de su acompañante, Alba, lo enterraba en las macetas de las diferentes plantas y arbustos. Esto, parece ser, espantaba a todo tipo de insectos.

Unos meses antes de lo ocurrido, Asumpta le pidió a Alba, su vecina, que la ayudara a cuidar de las flores. Sólo a ella le confió todos los secretos del jardín. Desde ese momento Alba fue la vecina más envidiada, y secretamente odiada, de todo el vecindario.

Las plantas del dormitorio de Asumpta competían con las de la azotea en la intensidad de sus colores. Las brumildas, las begonias, las bromelicias, las crosandras, las hoyas, las gardenias, las fucsias, las poinsettias y las orquídeas parecían aún más vivas en aquel cuarto. Como era habitual que Asumpta recibiera allí a sus visitas, había colocado frente a la cama un canapé tapizado de seda turquesa. Así, para sentarse, los invitados se veían obligados a sacar, delicadamente para que la dueña no se malhumorara, tres gatas negras que se estiraban a sus anchas en aquel diván. A menudo, al sentir aquellas manos extrañas, alguna daba un buen arañazo y luego se iba a sentar en el regazo de su ama. Fuera de ella, la única persona que podía tocarlas sin peligro era Alba. Estaban acostumbradas a su presencia porque en las noches en que Asumpta se desvelaba —especialmente después de alguna de esas terribles pesadillas—, Alba se quedaba con ella para que pudiera volver a conciliar el sueño. De algún modo, las gatas habían llegado a aceptarla como si fuera parte de un secreto ritual.

A un lado del dormitorio, en una consola verde, había una cajita taraceada de la que se desprendía una antigua fragancia que perfumaba todo el cuarto. Sin embargo, sólo Alba y Asumpta sabían cómo abrirla. En las noches en que algún visitante se quedaba hasta muy tarde, Asumpta se acercaba hasta la consola y, abriendo la pequeña caja, liberaba aquel extraño olor que sería capaz de espantar a su huésped, o al menos de empezar a enfermarlo. En el invierno, en cambio, cuando las últimas estrías de luz recorrían el cuarto, el perfume se hacía dulce y leve. Confundido con el dejo de humedad impregnado a las paredes, ese olor indefinible le confería a todo cierto aire de misterio.

O tal vez no era eso lo que producía ese ambiente, denso, enrarecido, sino aquella inquietante puertecita al lado de la cama, que al parecer daba a una buhardilla, que nadie —ni siquiera Alba, ni siquiera las gatas—, tenía permitido entrar. Era allí donde, después de sus fastuosas cenas, Asumpta llevaba a cabo aquella ceremonia en honor a dioses desconocidos.

El rito empezaba con una cena, pero constaba de varias etapas. Antes de que llegaran los comensales, Asumpta iba a la huerta y recogía las flores de la Verbena, luego las trituraba muy cuidadosamente para poder mezclarlas con vino y ya hecho el mejunje, rociaba todo el comedor con ese líquido, justo antes de que llegaran. Era eso mismo lo que les produciría, más tarde mientras comían y charlaban, una alegría que nos les dejaría hasta terminar todo el ritual. Después de la cena, por lo general ya al alba, comenzaba la segunda fase de la ceremonia.

Elegía a uno de sus invitados para llevárselo al cuarto con ella. Era en esas noches en que Asumpta le relataba al afortunado una leyenda en algún idioma extraño, que de algún modo entendía, pero que sin embargo después no podría repetir.

Esa historia les dejaba una gran sensación de pérdida; era un relato recordado y olvidado a la vez, hecho de presencia y ausencia. Esa historia formaba parte del rito amoroso que tanto los atraía; semilla que los iba atando cada vez más a ella.

Pero al llegar la aurora Asumpta se olvidaba de ellos y llamaba a Alba, la que entonces le pasaba por el cuerpo un ungüento hecho de mandrágora. Por último ambas tomaban las flores secas del ajenjo, las quemaban para crear un perfume fortísimo, y ya purificada ella y el cuarto, Asumpta entraba en aquel altillo como entra el moribundo en su muerte. Allí, sentada en una poltrona de terciopelo negro, se contemplaba en un espejo en el que, según ella, había perdido su imagen. El primer día no comía ni bebía; al segundo ya los vecinos podían oír sus sollozos y unos quejidos que no parecían humanos. Luego, cuando se recuperaba de su tristeza, continuaba con una especie de exorcismo. Rezaba, hacía libaciones con laurel, aceite, pétalos de amapolas y claveles que guardaba en una bolsita de cuero oscuro para luego y ya en el fervor del rito poder ofrecérselo a dioses desconocidos.

Transcurridos varios días, y alguna vez más de una semana, salía mareada por la debilidad, o vomitaba sangre como una poseída. Alba, durante ese tiempo se quedaba en el cuarto esperándola, para poderla asistir cuando saliera.

Me aseguran que eran días de transformación y de delirio. Aunque a primera vista nada en ella parecía diferente, al salir de aquellos trances algo en Asumpta había cambiado de algún modo, aunque nadie supo decirme a ciencia cierta de qué se trataba esa transformación. A unos les parecía que había envejecido, que le surcaban el rostro más arrugas; a otros en cambio les parecía más joven, más lozanos los ojos y la piel. Las mujeres en cambio no veían nada diferente en su físico; pensaban que la transformación era más bien interior. Decían que cuando emergía de esos trances nunca era la misma, sino otra, a veces más amable, otras veces más brutal, a veces parecía más alegre, casi feliz, mientras que otras la melancolía y la tristeza parecían trastornarla.

En varias ocasiones las curanderas y santeras del barrio le trajeron recetas para su extraño mal; querían curarla con diferentes “limpias”. Las santeras le aseguraron que se le montaba el Santo y aunque unas decían que por sus manifestaciones tan violentas tenía que ser Shangó, otras no estaban tan seguras. Las curanderas también le recomendaron beber algunas gotas de agua bendita. Asumpta se negó. Según ella, no sufría de ninguna enfermedad o mal, sino que no encontraba la imagen perdida en el espejo.

Las viejas del barrio solían creer que con los años se calmaría, que la sequedad de la vejez sería un gran tranquilizante. Pero los años en ella sólo traían una hermosura más abismal y deseable. Con el tiempo, el pelo se le fue tornando de un blanco que recordaba el reflejo de la luna llena sobre la superficie de un río.

A medida que su belleza crecía, la envidia de las mujeres también iba en aumento como único modo de expresar el deseo que sentían por ella.

Indiferente al efecto que producía en los otros, Asumpta sólo pensaba en recuperar su imagen en el espejo.

Por eso sorprendió tanto cuando se fue del barrio con un muchacho, algún doncel desprevenido, que pudo convencerla, tal vez hasta enamorarla, de que se fuera con él. No se sabe adónde fue que se la llevó. Sin embargo, parece ser que los vecinos no se preocuparon mucho. Todos sabían que ella volvería porque aun si no lo quisiera, su temor a las sombras la haría regresar. Aunque nunca lo dirían, se daba por entendido que ella necesitaba a ese barrio y a esos vecinos, tanto como ellos a ella. Asumpta necesitaba verse en los ojos de siempre, los únicos que guardaban algún recuerdo de su imagen perdida. Y así fue, unos meses después, la mujer regresó al antiguo caserón de Saint Nicholas. Qué fue del muchacho nunca se supo, aunque algunos imaginan lo peor.

Todos intentaron olvidar el incidente porque nadie quería reconocer que hubo en algún momento un preferido. Sin embargo, parece que muchos se sintieron traicionados. Alba —sin ir más lejos— no la perdonó. Los vecinos se enteraron porque una noche, semanas después de su regreso, Asumpta llamó a su amiga para que calmara sus horrendas pesadillas y ésta se negó a acudir al llamado.

Si lo que ocurrió con Asumpta tuvo o no que ver con la nueva actitud de Alba o simplemente iba a pasar, como la vejez o como la muerte y el caso de ella tampoco fue una excepción, nadie lo sabe.

Primero dejó de interesarse por el jardín y aunque Alba se hizo cargo de él, de todos modos las flores perdieron mucho de su color y su brillo. El limonero de la cocina dejó de dar frutos. Asumpta ya no recibía a tantos visitantes como antes. Después de su regreso dio sólo un par de cenas a las que Alba no asistió. A los tres meses, fue la última. Y aunque llevó a cabo su rito, el efecto de las flores disminuyó de tal manera que ya no hubo las risas ni la alegría de siempre. Ella se retiró temprano y no quiso ningún acompañante. Los vecinos y amigos se quedaron en la cocina y en la sala, esperando. Alguno esperó pensando que a lo mejor, más tarde, llamaría a alguno de ellos, otros, extrañados querían descubrir qué le pasaba y el resto se quedaron porque no tenían nada mejor que hacer.

Luego, en ese ático la oyeron blasfemar, arañar las paredes y gritar en un idioma incomprensible. Sin embargo, lo extraño no fueron las blasfemias y los insultos, sino el llanto que los siguió. Parecía un gemido tembloroso, débil y constante, que no dejó de oírse en toda la noche. Al día siguiente llegaron hasta Alba los rumores de lo que pasaba. Preocupada, o tal vez no —probablemente sabía lo que iba a ocurrir y no quiso decir nada—, acudió a la casa hasta el anochecer. A través de la portezuela del dormitorio le pidió que le abriera. Pero Asumpta no le respondió. Entonces Alba les exigió a los presentes que tiraran la puerta, pero éstos se negaron. Tenían miedo: los supersticiosos decían que cualquiera que entrase en aquella buhardilla se olvidaría de su nombre, los más puritanos pensaban que allí se revivían y se expiaban todas las culpas humanas, los más prácticos temían enfurecerla.

A la madrugada siguiente, el llanto y los gemidos cedieron y dieron paso a un largo silencio. Finalmente, los vecinos que se habían congregado en la cocina para deliberar lo que deberían hacer, se alarmaron y terminaron por romper la portezuela. Los que entraron en aquella buhardilla dicen haber encontrado una luna rota en la que aún se reflejaba un rostro de mujer. Alba lo recogió con mucho cuidado y se lo llevó al río.

Los vecinos aseguran que en las noches de luna llena sus rayos reflejan el rostro de Asumpta sobre las aguas del Hudson.

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