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Pablo De Santis

Zona de influencia


 

Pablo De Santis (Buenos Aires, 1963) ganó el premio al mejor guionista otorgado por la revista Fierro en 1984. Desde entonces se dedicó con entusiasmo a la historieta, a través de guiones y ensayos sobre el género.

A los vein­ticuatro años publicó su primera novela, El palacio de la noche. Desde entonces y hasta hoy mantiene una actividad ininterrumpida como escritor, periodista, crítico, autor de ensayos y guionista de textos para historietas y para tele­visión.

Llegó a ocupar el cargo de jefe de redacción de la revista Fierro, y en televisión fue guionista de los progra­mas
 El otro lado y El visitante (ambos distinguidos con premios), así como coautor de la miniserie Bajamar, la costa del silencio.

Entre sus obras se destacan
El palacio de la noche
(1987),
Desde el ojo del pez
(1991),
La sombra del dinosaurio
(1992), Lucas Lenz y el Museo del Universo (1992), Las plantas carnívoras (1995), Enciclopedia en la hoguera (1996), Rompecabezas (1996), Páginas mezcladas (1998), Filosofía y Letras (1998), La traducción (1998), La historieta en la edad de la razón (1998), El teatro de la memoria (2000), Lucas Lenz y la mano del emperador (2000), El calígrafo de Voltaire (2001) y El inventor de juegos (2003).

Muchas de sus novelas se acercan a un público juvenil, si bien cuentan con lectores de todas las edades. En casi todos sus textos, Pablo De Santis se ha acercado a la novela policial, al género fantás­tico y (aunque en menor medida) a la ciencia ficción. Sus libros han sido traducidos a ocho idiomas.

 

De Cuentos sobre la ciudad del futuro, Norma, Buenos Aires, 2006.

 

Tardé cuatro horas en llegar a la casa del doctor Sáenz. Después de salir de la autopista tomé un ca­mino lateral en la dirección equivocada y anduve un buen rato perdido. Había trabajado con él dos años atrás, cuando aparecieron los primeros casos de la enfermedad. Ahora el mismo doctor Sáenz, que ha­bía recorrido el país para conocer los casos y com­pletar la más completa descripción del mal, estaba enfermo. En aquella época todavía no se sabía cómo se producía el contagio.

La casa mostraba esos ligeros signos de deterio­ro, que aislados son insignificantes, pero reunidos conducen a la ruina. A pesar de haberlo tratado casi diariamente, no sabía nada de su vida. Sáenz era uno de esos científicos que dejan en claro, apenas uno los conoce, que su verdadera identidad está puesta en el trabajo, y que todo lo demás es sólo una apariencia que es mejor ignorar.

Había olvidado cargar combustible y el tanque estaba casi vacío cuando me detuve frente a la casa. En una de las ventanas del segundo piso se asomó una muchacha. Aun antes de haberla mirado deteni­damente, supe que era hermosa; tenía esa clase de au­ra que se impone incluso a la lejanía y la distracción. Llevaba un anticuado vestido azul.

No me abrió la puerta la muchacha, como hu­biera deseado, sino la esposa del médico. Recordé haberla visto en un congreso, pero ella no se acor­daba de mí. Como algunos periodistas se habían acercado a la casa en los días anteriores, mostró re­servas para hacerme pasar y sólo aceptó cuando le hablé del trabajo que habíamos hecho en común con su marido.

Me hizo sentar en un sillón y me sirvió un café en un pocillo que tenía una rajadura. Pensé que quería examinarme antes de permitirme ver al enfermo, pero en realidad sólo tenía necesidad de hablar. Conversamos de conocidos comunes y de las venta­jas de vivir en la zona, todavía libre de edificaciones. Cuanto más tratábamos de ignorar la enfermedad, más invadía la conversación, y aun los comentarios triviales parecían metáforas del mal. Le pregunté có­mo estaba su marido, si había mejorías.

—Ninguna. Con cada cosa que aparece, él se de­bilita más y más.

—¿Son objetos reconocibles?

—Casi siempre sí. Algunos parecen a medio ter­minar.

—¿Inanimados?

La mujer vaciló. Quería responder otra cosa, pero dijo:

—Sí, siempre. ¿Otro café?

Fuimos a un cuarto apartado de la casa. La mujer golpeó antes de entrar y dijo mi nombre. Se oyó una voz débil. Aun así la voz sonó investida de poder.

Sáenz estaba consumido. Los brazos, con las venas marcadas, mostraban señales de pinchazos inútiles. Tenía los ojos clavados en el cielo raso. Al principio no distinguí nada: parecía hiedra o tela­raña. Después vi los objetos envueltos en los hilos repulsivos: una tijera, una fotografía de gente sin rostro, una rosa que crecía hacia abajo. Había mu­chas otras cosas sin terminar. En general los obje­tos eran más chicos que los originales. También in­vadían la alfombra. Caminé con cuidado para no pisarlos.

—¿Es una visita social o profesional? —preguntó.

—Hace tiempo que no sé cuál es la diferencia. ¿Le hicieron un pronóstico?

—Puedo sobrevivir tres meses. La nueva droga que estábamos probando fracasó. Reduce la forma­ción de objetos, pero no mejora al paciente. Provoca extrañas malformaciones. Las cosas se materializan gastadas, rotas.

Miré a mi alrededor. Había cosas en el piso, jun­to a la cama, pero no mucho más allá. Cubrían un radio de tres metros. Hasta poco tiempo atrás no se conocían casos de un área mayor a los dos metros cuadrados. El mal agrandaba su zona de influencia.

—¿Reconoce los objetos? —pregunté.

—Algunos. Otros no. La enfermedad saca sus modelos de rincones remotos, de cosas que vimos al pasar. Estoy cansado, doctor.

—¿Y la voluntad?

—No funciona. Intenté, pero no pude modelar nada. Si me dejan elegir, materializo la hoja de una guillotina y con un último esfuerzo, la hago caer.

Le costaba reír.

—Algo me consuela: me toca morir en una época en la que somos una curiosidad, una aberración, pero no un peligro. Aunque pronto la zona de influencia crecerá. Modificaremos áreas más vastas. La enfer­medad sólo tiene dominio sobre lo inanimado, pero no está lejos el día en que actúe sobre los otros. Usted mismo, ahí sentado, tratando de disimular la compa­sión que siente, podría sufrir un cambio. Nuestros sucesores tendrán que deshacerse de los enfermos. Al primer síntoma, una ejecución.

Recogí del piso un pequeño libro infantil. Los li­bros eran poco comunes. Había algunas palabras escri­tas y unas pocas ilustraciones de mediados del siglo XX.

—¿Lo lleva para fotografiar? Tiene que hacerlo rá­pido. Apenas un objeto sale de la zona de influencia se empieza a deshacer. Mientras esté en la casa, las cosas mantienen su forma, después se convierten en ceniza.

Me llevé el libro de la habitación. Iba a hacer la prueba de sacarlo de la casa pero lo dejé. Me sentía un intruso. En el fondo del pasillo vi a la chica del vestido azul. Pensé que me abriría la puerta, pero se fue. Era una actitud común en los parientes: cansa­dos de la brusca aparición de los objetos, se dedi­caban a desaparecer de improviso. A la invasión le oponían la huida.

Durante los meses siguientes visité a Sáenz cada quince días. Él quería que yo hiciera un seguimien­to exhaustivo de la enfermedad. El hecho de saber que en la casa estaba la muchacha, y no sólo el pro­ceso de destrucción, aligeraba mis visitas. A veces la veía en la ventana; otras en el fondo de la sala, fren­te a una taza de té que se enfriaba, siempre con su vestido azul. Cuando le hablé a Sáenz de su hija, no le dio importancia: la enfermedad era su único tema.

En junio Sáenz entró en agonía y su esposa me llamó al hospital para pedirme que fuera rápido.

Una congestión en la autopista me demoró más de lo acostumbrado. Me pareció que todos esos autos eran convocados por mis deseos secretos de llegar tarde y no tener que enfrentarme al moribundo. Pensé en la chica del vestido azul, para hacer más fácil ese viaje que una vez más —como en todos los casos que había conocido— me llevaba hacia la derrota.

Cuando llegué, el médico ya había muerto. Su esposa dudaba un poco del carácter definitivo de la muerte, no por dolor ni por sorpresa, sino porque la enfermedad la había acostumbrado a tal punto a la extrañeza, que la resurrección le hubiera parecido un milagro trivial. Me hizo pasar al cuarto del fondo.

No quedaba ningún objeto, se habían convertido en cenizas que ahora se extendían sobre la cama y el cuerpo. Con la muerte del dios, las cosas creadas se apagaban. Sólo la mano derecha había quedado fue­ra de la capa de ceniza, crispada en un gesto que pa­recía una orden.

Abrí las ventanas. La casa ya estaba libre de la enfermedad, y de la barrera que había impuesto en­tre nosotros: ahora podía buscar a la chica del vesti­do azul. Pensaba consolarla: consolarla de su dolor y de su alivio. Le pregunté a la viuda por su hija, y respondió que nunca habían tenido hijos. Recorrí en vano cuartos y pasillos, hasta encontrar, en un rincón del comedor, la taza rota, el té derramado y la ceniza.

 

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