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Manuel Mujica Láinez

La casa cerrada


 

Manuel Mujica Láinez
 (1910-1984) nació en Buenos Aires. Su padre fue un abogado de prestigio, último eslabón de una larga estirpe de “hidalgos pobres”; su madre, Lucía Láinez, descendiente de una familia de escritores y ella misma escritora, supervisó de cerca la formación europea del futuro novelista. Aunque la celebridad y el reconocimiento generalizado le llegaron en la década del 60 con Bomarzo, una larga novela de tema italiano y renacentista, gran parte de la crítica acuerda mayor valor a sus Relatos de Buenos Aires, escritos con anterioridad y cuyo primer ejemplo es Aquí vivieron (1946), libro de donde está tomado “El cofre”. Junto con los magistrales relatos de Misteriosa Buenos Aires (1962), este cuento sería el revolucionario intento de crear un héroe mitológico homosexual vinculado al comienzo mismo de nuestra historia. El tema de la homosexualidad aparece, de forma más o menos velada, en casi todas las novelas de Mujica, especialmente en Invitados en el Paraíso (1958), pero es sólo a partir de Sergio (1976) y Los cisnes (1977) cuando pasa a primer plano y adquiere mayor originalidad.

El autor se hizo célebre por el personaje que representaba en sociedad y ante los medios: Manucho, una suerte de dandy tardío que combinaba la socarronería de un Oscar Wilde con la altivez hispano-oligárquica de un Enrique Larreta. Al escribir en 1965 “La larga cabellera negra”, Mujica Láinez decidió que Manucho fuera, por primera vez, protagonista de una obra literaria.

 

De Así escriben los argentinos, Editorial Orion, 1975.

 

El texto de esta confesión ha sido bastante modernizado por nosotros, suprimiendo párra­fos inútiles, condensando, algunos y añadiendo aquí y allá un retoque. Ignoramos el nombre de su autor.

 

“... Quizá lo más lógico, para la comprensión plena de lo que escribo, fuera que yo le hablara ante todo, Reverendo Padre, acerca de la casa que de niños llamábamos la casa cerrada y que se levanta todavía junto a la que fue del doctor Miguel Salcedo, entre el convento de Santo Domingo y el hospital de los Betlemitas. Frente a ella viví desde mi infancia, en esa misma calle, entonces denominada de Santo Do­mingo y que luego mudó el nombre para ostentar uno glorioso: Defensa.

¡Cuánto nos intrigó a mis hermanos y a mí la casa cerrada! Y no sólo a nosotros. Recuerdo haber oído una conversación, siendo muy muchacho, que mi ma­dre mantuvo en el estrado con algunas señoras, y en la cual aludieron misteriosamente a ella. También las inquietaba, también las asustaba y atraía, con sus postigos siempre clausurados detrás de las rejas hos­tiles, con su puerta que apenas se entreabría de ma­drugada para dejar salir a sus moradores, cuando acudían a la misa del alba en los franciscanos y, poco más tarde, a la mulata que iba de compras. No necesito decirle quiénes habitaban allí. Con seguridad, si hace memoria, lo recordará usted. Harto lo sabía­mos nosotros: eran una viuda todavía joven, de fa­milia acomodada, y sus dos hijas. Nada justificaba su reclusión. Las mozas crecieron al mismo tiempo que nosotros, pero jamás cambiaron ni con mis her­manos ni conmigo ni con nadie que yo sepa, una palabra. Se rebozaban como monjas para concurrir al oficio temprano. Luego conocí el motivo de su
en­claustramiento. Por él he sufrido mi vida entera; a causa de él le escribo hoy con mano temblorosa, cuan­do la muerte se aproxima. Debí hacerlo antes y lo intenté en varias oportunidades, pero me faltó au­dacia.

En una ocasión —ellas tendrían alrededor de quin­ce años— pude ver el rostro de mis jóvenes vecinas. La curiosidad nos inflamaba tanto, que mi hermano mayor y yo resolvimos correr la aventura de desli­zarnos hasta la casa frontera por las azoteas que la cercaban. iTodavía me palpita el corazón al recor­darlo! Aprovechamos la complicidad de un amigo que junto a ellas vivía y, silenciosos como gatos, con­seguimos asomarnos con terrible riesgo a su patio interior. Allí estaban las dos muchachas, sentadas en el brocal del aljibe, peinándose. Eran muy hermosas, Reverendo Padre, con una hermosura blanquísima, de ademanes lentos; casi irreal. Las mirábamos des­de la altura, escondidos por un enorme jazminero, y se dijera que el perfume penetrante ascendía de sus cabelleras negras, lustrosas, tendidas al sol. Desde entonces no puedo oler un jazmín sin que en mi me­moria renazca su forma blanca y negra. Fue la úni­ca vez que las vi, hasta lo otro, lo que le narraré más adelante, aquello que sucedió en 1807, exactamente el 5 de julio de 1807.

La circunstancia de haber nacido en Orense, aun­que mis padres me trajeron a Buenos Aires cuando empezaba a caminar, hizo que después de la primera invasión Inglesa me incorporara al Tercio de Galicia. Intervine con esas fuerzas en acontecimientos que ahora, tantos años después, su osadía torna mito­lógicos.

El 5 de julio de 1807 —habría transcurrido un lus­tro desde que entreví fugazmente a mis vecinas en su patio— fue para mi vida, como lo fue para Bue­nos Aires, un día decisivo.

A las órdenes del capitán Jacobo Adrián Varela tocome defender la Plaza de Toros, en el Retiro. Me hallé entre los cincuenta o sesenta granaderos que a bayonetazos abrieron un camino entre las balas, para organizar la retirada desde esa posición que cayó luego en poder del brigadier Auchmuty. Nues­tra marcha a través de la ciudad alcanzó un heroísmo que señalaron los documentos oficiales. Jamás la ol­vidaré. Jamás olvidaré el fango que cubría las ca­lles, pues había llovido la noche anterior, y nuestro avance ciego entre las quintas abandonadas donde ladraban los perros, mientras retumbaban doquier los cañones y la fusilería. Mi jefe perdió las botas en el lodo; yo dejé un cuchillo, la faja... Nadie hubiera reconocido nuestro uniforme blanco y azul. Nadie hu­biera reconocido a nadie, cuando corríamos por las calles entre las lucecitas moribundas, guiados por el clamor de los heridos y por la voz entrecortada de Varela que nos alentaba a seguir.

Llegamos así, negros de cieno y de sangre, hasta mi barrio. Allí nos enteramos de que Sir Denis Pack, herido por los patricios, se había refugiado en Santo Domingo con sus hombres. Otros refuerzos se le su­maron, encabezados por el general Craufurd. La con­fusión era atroz. Los carros de municiones, volcados, interceptaban la marcha. Los brazos de los heridos aparecían entre los sables y los fusiles tirados al azar.

Aquí y allá, los trajes de los britanos coagulaban sus manchas rojas. Desde la torre del convento, trans­formada en fortaleza, los ingleses sembraban el es­trago. Había soldados en todos los techos y también vecinos y muchas mujeres que arrojaban piedras y agua hirviendo sobre los invasores.

Varela entró a escape con la mitad de su tropa en la casa del doctor Salcedo. A poco le vimos surgir entre los balaústres de la azotea, encendido, vocife­rante. y abrir el fuego contra el campanario de los dominicos. Nos ordenó a gritos, a quienes todavía quedábamos en la calle, que hiciéramos lo mismo desde la casa lindera. Esa casa, Reverendo Padre, era la casa cerrada.

Estaba cerrada como siempre. En la azotea distin­guí a la dueña y sus dos hijas. Iban y venían, enlo­quecidas, con tachos humeantes. Uno de los oficiales se acercó a la puerta y trató de abrirla pero no pudo. Entonces nos comandó a otros dos granaderos y a mí —a mí, precisamente a mí— que destrozáramos la cerradura. Fue una impresión extraña, independien­te de cuanto sucedía alrededor, algo que no tenía nada que ver con la guerra espantosa y que me inco­municaba con ella. ¿Cómo explicárselo? Fue como si en ese instante comenzara mi guerra, mi propia gue­rra personal, en el huracán de la otra, la grande, que por doquier me envolvía pero de la cual me separaba una zona indefinible.

Nos precipitamos hacia el interior, cruzamos co­mo un torbellino los dos patios y ascendimos al techo por una frágil escalerilla. Las mujeres nos recibie­ron sin decir palabra. En verdad, no teníamos tiempo para ocupamos de su actitud. Lo único que nos movía era matar, matar rabiosamente. Y lo hicimos.

El capitán Varela apareció entre nosotros. Se diri­gió a mí y a quienes me rodeaban.

—Vayan abajo —nos dijo brevemente— y secunden el tiroteo desde las ventanas.

De inmediato le obedecimos, mas cuando nos apres­tábamos a lanzarnos por los peldaños, se nos cruzó la señora. Advertí entonces, en un relámpago, que ella también debía haber sido muy hermosa, acaso tan hermosa como sus hijas.

Nos suplicó:

—No, abajo no...

De un empellón la hicieron a un lado. Y ya estábamos en las salas y en las alcobas, ya arrastrábamos los muebles, ya entreabríamos los postigos con los caños de los fusiles.

—¡La otra habitación! —me ordenó un oficial— iLa última! iEncárguese usted!

Penetré allí automáticamente. Todo se hacía auto­máticamente ese día en que nos ensordecían las des­cargas y nos sofocaba la pólvora.

Era un aposento pequeño. Estaba a oscuras. Cal­culé la posición de la ventana por la fina hendidura que en torno del postigo dibujaba un hilo de luz. Me adelanté a tientas y de un culatazo separé las hojas. No pensé más que en continuar matando, pero entre tanto la atmósfera de la casa pesaba sobre mi nuca como algo viviente, sólido. Cuando me detuve para cargar el arma, observé que a mi lado estaba la se­ñora. La acompañaban sus dos hijas. Me miraban con ojos dementes. Hice un movimiento para apro­ximarme y sosegarlas, y las tres retrocedieron hacia el fondo del cuarto que yacía en penumbra. Detrás de ellas se levantó algo que no puedo definir sino co­mo un gruñido, un angustiado gruñido de animal.

Por segunda vez desde que había violado la clau­sura, me sobrecogió la sensación rarísima de que es­taba viviendo un episodio aparte de los que sacudían a la ciudad. Fue —claro que por un momento— como si la lucha de las calles y de las azoteas no tuviera significado en sí misma, como si sólo sirviera de en­cuadramiento remoto a otro drama, íntimo, agudo, sutil, del cual éramos los únicos protagonistas.

Recordé entonces que antes, a lo largo de los años, había escuchado ese mismo grito ronco. Se alzaba en mitad de la noche y me estremecía, en mi cuarto cer­cano, con su inflexión inhumana, agorera.

Di un paso hacia las mujeres.

—No —pronunció la señora—, por favor, por fa­vor, no...

Detrás, en la sombra, vi al ser horrible. ¿Necesito describírselo, Reverendo Padre? Se trataba, induda­blemente, de un hombre. De hombre tenía la cabeza barbuda, pero su cuerpecito diminuto era el de un niño, con excepción de las manos grandes, cubiertas de vello, obscenas. Clavó en mí los ojos malignos, y por ellos reconocí su parentesco con las muchachas. Era su hermano. Ese monstruo era su hermano.

El tableteo de las balas ahogó mi exclamación. De un salto me acurruqué en mi puesto de combate. Mientras apuntaba, el corazón me latía loco. A veinte pasos cayó un inglés con los brazos extendidos, un inglés muy rubio, casi tan dorado el pelo como las charreteras.

En la habitación, la madre se echó a llorar. Gruñó el monstruo. Yo seguía tirando. Ya lo comprendía todo. Ya poseía el secreto de la casa cerrada, de la prisión de esas mujeres jóvenes y bellas, a quienes el feroz orgullo materno obligaba a encarcelarse para que nadie supiera lo que yo sabía.

El oficial bramó a través de la puerta:

—¡A la calle, a la calle, a Santo Domingo!

Me ajusté el cinturón. Mis compañeros me llama­ban. Me volví para seguirles. Nada había cambiado en el fondo del aposento. La madre, sentada en el le­cho, gemía tapándose los oídos. Detrás asomaba la cabeza diabólica, oscilante, babeante. Las dos hijas se abrazaban con miedo. Me miraron y adiviné en su crispación anhelosa un ruego desesperado. Fue como si súbitamente una oleada del fresco perfume de los jazmines me envolviera en pleno mes de julio. Toda­vía me quedaba una bala en el fusil. Reverendo Pa­dre, cualquier hombre hubiera hecho lo que hice. Un tiro seco, un solo tiro seco... i A tantos otros había muerto ese mismo día desde la retirada de la Plaza de Toros: oficiales fuertes y esbeltos, soldados que apenas salían de la adolescencia, a tantos, a tantos! Cayó la cabeza espantosa, como en un juego, como si fuera una cabeza de cartón y de lana. . .

Hasta hoy me persigue el alarido de la madre, has­ta hoy, como me persiguió el 5 de julio de 1807 en mi fuga por la calle de Santo Domingo negra y roja de cadáveres, lejos de la casa cuyas puertas había arrancado..."

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