Las Crónicas Rioplatenses

y el juicio ético de la Conquista

Graciela Maturro

Universidad Católica Argentina

Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas

 

Una nueva consideración de las crónicas coloniales

Recordemos que el nombre de crónicas, aceptado como denominación de gran amplitud en el campo de los estudios coloniales, abarca una variedad de materiales que responden a géneros históricos o literarios occidentales aunque se diferencian notablemente de esos modelos efectivos o virtuales al incluir formas novedosas, híbridas, inclasificables y originales. 

Este material, que incluye cartas, memoriales, testimonios, diarios, alegatos, documentos jurídicos, historias, narraciones autobiográficas, cuentos, esbozos novelescos, ha sido objeto de sucesivas lecturas y reelaboraciones. El siglo XVIII inició la minimización de su valor historiográfico, rechazando el sentido fabuloso que contrastaba con la mentalidad científica de la época. Es sabido que la emancipación de las naciones hispanoamericanas trajo consigo cierta posición antihispanista, que señalaba como oscurantista el pasado americano o pretendía ignorarlo. Pero hubo también algunos gestos recuperadores, y se iniciaron investigaciones fecundas sobre temas coloniales, a la vez que se producía la recuperación y publicación de algunos documentos importantes. Todo contribuyó a la progresiva y necesaria relectura de las crónicas, que alcanza en el siglo XX su máximo grado de reivindicación histórica y recreación literaria. 

A lo largo del siglo XX una verdadera legión de historiadores, antropólogos, lingüistas y escritores se ha lanzó a la relectura de las crónicas, hallando en ellas -además de fuentes históricas insoslayables- la simiente de estudios culturales que conforman la americanística, y una extraordinaria cantera de asuntos, personajes y formas eminentemente literarias. Sin la lectura de las crónicas sería totalmente imposible comprender las sucesivas oleadas novelísticas del continente, producidas por Miguel Ángel Asturias, Alejo Carpentier, Carlos Fuentes, Abel Posse, Reinaldo Arenas, Homero Aridjis, Carlos Thorne, Napoleón Baccino, Libertad Demitrópulos y muchos otros autores. 

En las últimas décadas, las crónicas americanas han sido objeto de nuevos enfoques críticos que redescubren aspectos específicamente literarios de un material que otrora fue considerado como prioritariamente histórico y descriptivo.

Las crónicas rioplatenses 

Una nueva mirada al corpus de crónicas liminares del espacio argentino exige una revaloración de elementos antes relegados por el interés historiográfico, tales como relatos o anécdotas intercaladas, fábulas mitológicas, referencias bíblicas o de otras tradiciones, citas clásicas, citas de autores contemporáneos, etc. 

La importancia de tales textos surge claramente si se piensa que constituyen el basamento histórico, cultural, ético-político y literario de la cultura regional paraguayo-platense, la cual, integrada a otros nucleamientos regionales (el Noroeste Argentino, Cuyo y la región patagónica), conforma, en su peculiar mestización interétnica, el tronco originario de la cultura nacional. 

Nuestra lectura nos ha conducido a constatar una filosofía que recorre el ámbito de las crónicas, y se perfila como una filosofía cristiana de sello humanista, ligada a las actitudes de los Padres de la Iglesia y a su reelaboración por el franciscanismo y otras corrientes entre los siglos XII y XV. 

Se trata de una filosofía que, afirmada en la conjunción de los opuestos y la continua expansión filosófica hacia la alteridad, hizo posible la valoración de los pueblos aborígenes, el diálogo intercultural, la aceptación del ethos evangélico.

El conocimiento de los sucesos históricos de la Conquista muestra a las claras que esta filosofía, cuyos maestros son católicos como Nicolás de Cusa, Erasmo y Tomás Moro, es sospechada de herética, e incluso perseguida por el Tribunal de la Inquisición. 

Los cronistas remiten a la tradición americana inmediatamente anterior y entran en dinámica relación con otros autores contemporáneos, anteriores y posteriores en dinámica continuidad. Sus formas exceden el marco de la historiografía, revelando aspectos de interés específicamente literario, acordes con la expresión de posturas personales, subjetivas, testimoniales o doctrinarias. 

En ellos puede advertirse, como una atmósfera generalizada, el enjuiciamiento moral de la conquista armada con las consecuencias de la sumisión y explotación del aborigen, la divergencia con el poder civil e inquisitorial, y la afirmación del ethos humanista cristiano, herético para los funcionarios del Santo Oficio que en ciertos casos pusieron las obras en el Index y en otros las aprobaron a causa de su forma disimulada. 

Fundar un imaginario simbólico no es tarea puramente estética. Se relaciona con la conformación del ethos moral y religioso, signado por la vocación de diálogo y la apertura interétnica, que ha dictado nuestras instituciones, leyes, jurisprudencia y patrimonio social en permanente autoformación. De ahí la importancia de relevar textos que fueron hasta el presente poco estudiados o bien considerados exclusivamente dentro de perspectivas historiográficas o literarias muy limitadas.

Martín del Barco Centenera, crítico de la Conquista 

La obra Argentina y conquista del Río de la Plata, del extremeño Martín del Barco Centenera, publicada en Lisboa, en 1602, es en verdad una crónica en verso, más que un poema épico renacentista. Dejo por ahora de lado las cuestiones referentes a su complejidad y novedad genérica, para remitirme, a modo de ejemplo, a su carácter de alegato doctrinario, poco advertido por la crítica. 

Uno de los comentaristas clásicos de la obra de Centenera, el español Félix de Azara, acusó al extremeño de querer desacreditar a los jefes de la expedición que integró. Juan María Gutiérrez confirma esa interpretación, y otorga a Centenera el lugar de cronista oficial de la expedición de Ortiz (u Hortiz) de Zárate: 

“Se infiere de este poema que el autor tenía un compromiso con Zárate de escribir los hechos de que éste se prometía ser el héroe” (Juan M. Gutiérrez, “Estudio”, nota en p. 28). 

La expedición estaba compuesta, consigna, de tres navíos una cebra y un patache, y probablemente abastecida del número de familias y animales que consta del convenio celebrado con el Virrey del Perú, confirmado por el monarca español el 10 de junio de 1569. (ibidem, p. 25). 

Centenera describe a los barcos como “mal aderezados” y dice que “anduvieron los navíos sin concierto” hasta alcanzar el puesto de Santander y luego el de Santiago. Comienza el relato de las intrigas cuando el Arcediano enfrenta a Ruy Díaz Melgarejo quien conduce prisionero al gobernador Felipe de Cáceres acompañado por su enemigo Fray Felipe de la Torre. Halla también en ese trayecto al misionero José de Anchieta, cuya mención no parece casual dentro de la totalidad del relato que hace lugar a algunas figuras apostólicas. (ibidem, p. 29). 

Los males padecidos por la tripulación de Ortiz de Zárate en Santa Catalina son atribuidos por Centenera a la ceguera y codicia del Adelantado, quien abandona a su gente y marcha con 80 de ellos a Ibiaca, beneficiándose de la generosidad de los aborígenes mientras el hambre cundía en el resto de la expedición “Al que está seguro en talanquera muy poco se le dá que el otro muera”, concluye el Arcediano de manera inequívoca. 

 La incisiva y permanente crítica de Centenera al Adelantado alcanza al Virrey Toledo, como lo advierte Gutiérrez: 

“La maquiavélica y cruel conducta del Virrey aparece también en los versos de Centenera en toda su fealdad, por que la presenta rodeada de minuciosos incidentes que le dan un relieve verdaderamente negro y satánico, y podría servir de asunto para una preciosa novela o para una composición dramática de sumo interés poético y filosófico”. (J. M. Gutiérrez, “Estudio”, p. 105). 

También critica Centenera a Diego de Mendieta, el sobrino de Zárate que toma el mando de la expedición después de su muerte, y a Hernando de Lerma, a quien trata con ironía. 

Entre las formas veladas de la crítica que ejerce el Arcediano figura la mención de personajes dudosos como Francisco de Salcedo, mediador entre Lerma y el Obispo Francisco de Victoria. Si se tiene en cuenta que Victoria se cuenta entre los firmantes de las poesías que acompañan la edición, cabe preguntarse si ese deán no es uno de sus protegidos doctrinales o acaso una figuración del propio autor. La consideración de este caso hace decir a Juan María Gutiérrez que las octavas 30 y 31 del Canto XXII se hallan entre “las más obscuras” del poema. 

La crítica a los conquistadores se siembra en toda la obra. Centenera llama salteador a Pedro de Mendoza por el saqueo de Roma, y recuerda su enfermedad “el morbo que de Galia tiene nombre”. Muestra al desnudo la indisciplina y codicia de Ortiz de Zárate, la conducta moral de Mendieta, la soberbia de Juan de Garay, el ánimo intrigante del Virrey Toledo, la ambición de Hernando de Lerma, en suma las miserias políticas del mundo colonial, la crueldad de los capitanes, la falta de fe de algunos clérigos. 

Pero Centenera no se limita a referir los sucesos de las expediciones o las intrigas civiles y militares. Su obra ahonda de manera notable en la descripción y conocimiento del indígena, abarcando las variadas etnías que se extienden en la amplia región de la cuenca rioplatense, incluyendo Paraguay, Chaco, Santa Fe y Buenos Aires. 

La exaltación humanista de los naturales en la Argentina se encubre en ciertos episodios de naturaleza ejemplar, a veces revestidos con cierta idealización mitológica. Debemos aceptar que el propio autor indujo a una lectura equívoca de su obra cuando la encabezó con aquellos versos del Canto I: 

Del indio chiriguano encarnizado

En carne humana origen canto solo... 

Si ese solo equivale al adverbio solamente, sin duda el Arcediano crea una falsa perspectiva de lectura al anunciar que va a ocuparse sólo del indio chiriguano, al que de entrada califica de encarnizado en carne humana. 

La temática aborigen adquiere amplio desarrollo en la Argentina. El historiador uruguayo Diógenes de Giorgi ubica al tema indígena, juntamente con la crónica de la conquista, como los ejes temáticos de la obra. 

Respecto al primero, es la fuente más rica y de información etnológica que poseemos sobre la complejísima y confusa realidad tribal que enfrentaron los primeros conquistadores rioplatenses. (De Giorgi, p. 191). 

No podemos pasar por alto que Centenera da cuenta en su libro de la vida y carácter de los charrúas o charusúes, los guaraníes, chiriguanos, tambús, chanás, calchinos, chilozapas, melpeñes, mañua o minuanes, veguanes, cherandías, meguay, curucas y tapui-miríes. 

El indígena, cuyos orígenes se entremezclan en visión inclusiva con el Génesis bíblico, empieza a tener presencia a partir del canto VIII, cuando el relato del autor se hace autobiográfico. Este canto y los siguientes que documentan la expedición de Ortiz de Zárate muestran a los indios que pueblan las costas del Brasil auxiliando y transportando a los españoles a sus canoas, sin poder impedir que algunos mueran. Se instala de hecho un contraste abrupto entre la amigabilidad y solidaridad aborigen y la rígida actitud de los jefes españoles. 

La primera descripción orgánica de una tribu la dedica el autor a los charrúas. Recurriremos nuevamente a Juan María Gutiérrez para ver que no ha dejado de percibir cierto elogio de la barbarie, aunque lo considera involuntario y por debajo de su modelo Alonso de Ercilla: 

Los charrúas pueden llamarse también los Araucanos del Plata; menos numerosos que éstos sucumbieron mientras que aquellos aún resisten y obtendrán al fin justicia tomando la parte que les corresponde en el banquete de la civilización. Y esta pariedad resulta en la Argentina sin que lo advierta el mismo autor, porque si hay en su poema estrofas que en algo se aproximan a las bellísimas de Ercilla son aquellas en que describe a los valientes con quienes Zárate tuvo los primeros encuentros. (“Estudio”, p. 54). 

Cabe reconocer que Centenera ha planteado un neto contraste entre la entereza de los caciques Zapicán y Andayuba y la ciega soberbia de “Juan Ortiz, que a pocos escuchaba”. 

Desde la gesta homérica, en que el poeta supo conferir dignidad tanto a aqueos como a troyanos, la filosofía humanista trabajó a favor del reconocimiento universal del hombre, no aceptado por Aristóteles aunque incesantemente afirmado luego por los Padres de la Iglesia y después por el cristianismo humanista de Nicolás de Cusa, León Hebreo, Erasmo y los humanistas españoles. Nada casual es que aquel antiguo humanismo haya tenido ocasión de manifestarse sobre la arena concreta del encuentro de los pueblos de América, promoviendo las defensas veladas o descubiertas del aborigen en crónicas y epopeyas. La filosofía humanista del amor, reafirmada por el Evangelio, alentaba el diálogo, el reconocimiento del otro, la reconciliación de perspectivas y legalidades disímiles, así como la crítica de la soberbia y la dominación por la fuerza. 

El texto de Martín del Barco Centenera ha sido injustamente comparado con La Araucana, ante cuyo levantado estilo lírico parece desmerecer; sin embargo, como lo señalara Alfonso Sola González, y años más tarde otros comentaristas (Emy Aragón Barra, o el escritor santafesino José Luis Víttori, en valiosa exégesis), la Argentina posee merecimientos históricos, estéticos y doctrinarios, en una línea épico-cómica e incluso novelística de gran originalidad. 

El Arcediano llama a Yamandú, un cacique de importante figuración en el poema, nuevo Sinón, y lo convierte en supuesto enviado de Juan de Garay que tiende una treta a los invasores. Vemos aquí a los españoles recluidos en la nave capitana, disminuidos y burlados por los indígenas que los desafían a combates singulares: 

Que salga aquel cristiano del navío
que quisiere aceptar el desafío. 

Este pagano gigantesco era además hechicero y reacio a la prédica: “Trabajé en vano” confiesa el clérigo. 

La figura de Yamandú se convierte en símbolo de la cultura autóctona, y así aparece en varios momentos de la Argentina. Yamandú es el jefe indiscutido a quien tienen sus súbditos por lumbre, espejo y lucero. No bastan las calificaciones de perro o de pagano para disminuir la estatura física y moral del cacique. 

Otra de las expediciones de la tropa enviada por Zárate y capitaneada por Juan de Garay y Ruy Díaz Melgarejo va a dar con la nación chaná, de la cual hicieron dos prisioneros, y luego con los guaraníes, a quienes tomaron por sorpresa. El malón indio es usado tácitamente por los cristianos que buscan la morada del cacique Cayú y hacen prisionero a su hijo. Vemos al cacique presentándose a recobrar a su hijo, y ofreciendo a cambio una moza. Zárate es moralmente poco favorecido en la pintura casi elíptica del Arcediano: 

El Juan Ortiz la moza recibía

y al indio sin su hijo en paz envía 

Los cantos XVI y XVII traen la historia de Diego de Mendoza en el Perú, y a la vez una referencia encubierta a Tupac-Amaru (Topa Amaro). Al llegar la expedición a Santa Fe tiene ocasión el autor de descubrir el encuentro con los calchinos, chiloazas y melpenes, quienes conviven en la zona con los mancebos de la tierra, dedicados unos y otros a la caza y a la pesca. La muerte de Juan de Garay se produce a manos de los mañua o minuanes, por la imprudencia del caudillo y la artera conducta de los indios que irrumpen en la madrugada dando muerte a 40 paragüeños con sus bolas, flechas, dardos, y macanas. Los minuanes, envalentonados, hacen alianza con los querandíes y al frente de una amplia coalición reaparece Yamandú, de quien nos dice el cronista “cuya memoria / tenemos muchas veces celebrada”. 

En el canto XX se presenta otro personaje, Oberá, un guaraní instruido y sabio, el que aplicando las enseñanzas cristianas llega a atribuirse el carácter de Mesías de los guaraníes, y nombra pontífice a su hijo. Este episodio da pie a Centenera para insertar un cantar guaraní, cuya traducción también consigna: 

Oberá, Oberá
Paitupú, Jesús.
Yendebé, hiye,
hiye, hiye.
 

Una nota del autor reconoce haber agregado el nombre de Jesús, resultando así un cántico mestizo (nota marginal a la octava 10, canto XX). Los combates y los discursos de dos jefes indios en Santa Fe confirman su nobleza y valentía. Dos guerreros guaraníes, Ritum y Coraci, desafían a dos mancebos, Enciso y Espeluca. 

Estos combates singulares permiten un acercamiento humano al coraje y la fuerza de los guerreros, sean indios o españoles. Extensa es la descripción (10 octavas) de este doble combate que Juan María Gutiérrez ha comparado con la Austriada, de Juan Rufo Gutiérrez, en que lucha un español con un mahometano (“Estudio”, p. 218). 

Los indígenas resultan vencidos pero se advierte la intención del autor de estilizar el episodio a través de un resultado simétrico y cargado de significación simbólica. Ritum ha perdido su mano derecha, Corachi echa de menos el diestro ojo. Como resultado de esta batalla, el gran Tapui-Guazú manda a quemar en la hoguera a los dos jóvenes derrotados y luego se reúne con una junta donde pide hablar con el sabio Urumbín. Tenemos aquí el tipo del cacique shamán, que al consultar las estrellas declara inevitable el triunfo del blanco. 

Se presentan al fin dos posiciones que Centenera tipifica en Urumbia y en Curemo: la aceptación pacífica o la guerra. El Arcediano dispone muy bien a sus personajes, manejándose con parejas de opuestos. Curemo es el que huye tierra adentro, hacia los pajonales de la laguna. Berú, indio valeroso, es el más empeñado en el regreso a la junta, pero fracasa, pues el jefe prefiere morir antes que ceder. 

No son éstos precisamente rasgos desdorosos que nos permitan rechazar o condenar al indígena. El combate final de Urumbia y Curemo sobre paz o guerra es suspendido cuando la sangre de ambos tiñe el verdor del prado. El juez sentencia, en palabras que remiten al autor: 

Lo que he dicho pronuncio y lo sentencio: Y pongo al caso fin aquí, y silencio. 

Centenera siempre acentúa el carácter defensivo de la lucha. Los naturales construyen una fortaleza cuya idea arquitectónica es atribuida irónicamente a Satanás. “Querían librarse la gente indígena de la gente cristiana”, insiste el cronista. La fortaleza es desbaratada por los españoles en momentos en que la gente guairacana celebraba una fiesta. 

Estos son sólo algunos ejemplos de la importancia que otorga el Arcediano a la gente autóctona, sus caciques, su doctrina, su valentía. No se ha repetido sino rara vez la visión del indio “encarnizado en carne humana” que anticipan los primeros versos. Es más, en los episodios amorosos, tan importantes para la comprensión hermenéutica de la Argentina, Centenera arriesga su tesis humanista: también el aborigen es capaz de entrega y sacrificio por amor. 

La compulsa fenomenológica y hermenéutica de esta obra singular nos conduce a una pregunta: 

¿Fue defenestrado el Arcediano por su conducta libertina, tal como lo ha asentando la tradición, o bien —de modo más profundo y justificado— por su adhesión permanente aunque veladamente expuesta al credo humanista lascasiano, crítico y liberador, en pugna con los poderes oficiales y el celo de la Inquisición? 

Bibliografía 

Aragón Barra, Emi Beatriz, La Argentina, nueva visión de un poema. Presentación de Ana María y Arminda Esther Aragón Barra, Buenos Aires, Editorial Plus Ultra, 1990. 

Becú, Teodoro; Torre Revello, José, La colección de documentos de Pedro de Angelis y el Diario de Diego de Alvear, Buenos Aires, 1941. 

Del Barco Centenera, Martín, Argentina y Conquista del Río de la Plata, edición facsimilar de la Junta de Historia y Numismática, con estudio preliminar de Juan María Gutérrez, Buenos Aires, 1912; edición crítica de Silvia Tieffemberg, Colección Textos Fundacionales, Instituto de Literatura Hispanoamericana, Facultad de Filosofía y Letras, Buenos Aires, Casa Pardo, 1998; Argentina y Conquista del Río de la Plata, Textos Extremeños 1, Prólogo de Ricardo Senabre, Institución Cultural "El Brocense", Madrid, Porrúa, 1982. 

Gadamer, Hans Georg, Verdad y método. Fundamentos de una hermenéutica filosófica. traducción de Ana Agud Aparicio y Rafael de Agapito, Sígueme, 1977. 

Giorgi, Diógenes de, Martín del Barco Centenera, Cronista Fundamental del Río de la Plata, Montevideo, Ediciones del Nuevo Mundo, 1989. 

Pupo Walker, Enrique, La vocación literaria del pensamiento histórico en América. Desarrollo de la prosa de ficción: siglos XVI, XVII, XVIII, y XIX. Biblioteca Románica Hispánica, Madrid, Editorial Gredos, 1982. 

Sola González, Alfonso, “El realismo fabuloso de la Argentina”, en Megafón Nº 5, junio de 1977, San Antonio de Padua, pp. 49-59. 

Víttori, José Luis, Del Barco Centenera y la Argentina. Orígenes del realismo mágico en América, Santa Fe, Colmegna, 1991. 

Abstract 

Nuestro trabajo se propone señalar el juicio ético a la Conquista española, y a cierta rigidez doctrinaria de autoridades civiles y eclesiásticas, que se manifiesta veladamente en obras épicas, testimoniales, epístolas e historias que son abarcadas generalmente bajo la denominación de “crónicas”. Señalamos también cierta postergación en la lectura de las crónicas rioplatenses, a las cuales vemos pocas veces consideradas en Historias y Enciclopedias de las letras americanas coloniales. 

A la luz de una lectura fenomenológica, surge la riqueza significativa del mundo imaginario contenido en episodios y ejemplos; por su parte la hermenéutica completa esas significaciones al conectarlas con una tradición y un medio histórico. A título de ejemplo se señala brevemente el juicio moral a la Conquista y la visión justiciera del aborigen, acorde con la posición humanista, en la obra Argentina y conquista del Río de la Plata (1602) del arcediano Martín del Barco (o Barco) Centenera.